"No he matado ni robado a nadie. No necesito ningún Dios que me perdone"

¿Sabemos de qué seríamos capaces en una situación extrema a la que nunca nos hubiéramos enfrentado? ¿Somos realmente quienes creemos que somos?” Con estas preguntas comenzaba el programa Redes de Eduard Punset (TVE) en el que Philip Zimbardo, psicólogo de la Universidad de Stanford, exponía su famoso experimento en el que buenas personas se convirtieron -en apenas cinco días- en horribles tiranos tras ser expuestas a un entorno de poder e inmunidad.

¿Y nosotros? ¿Hubiéramos actuado de un modo diferente? La historia ha demostrado que si se dan las circunstancias precisas, cualquiera de nosotros puede ser mucho más siniestro de lo que sospechamos. Es muy fácil criticar el mal de otro en circunstancias que no hemos enfrentado. Y es fácil no ver nuestro mal cuando no ha sido puesto a prueba. O cuando todo el mundo (nunca es todo el mundo) hace lo mismo que nosotros.

i am a good person

Resulta autogratificante considerarnos buenos cuando nos comparamos con quienes  consideramos peores que nosotros. Nos sentimos buena gente aunque no estemos suficientemente comprometidos con la justicia o hacemos lo que la mayoría de la gente hace. Pero, ¿Acaso no soy cómplice de que los negocios que respetan los derechos de sus trabajadores cierren porque compro en otros más baratos que sabemos que no los respetan? (Hoy podemos informarnos muy bien de todo esto) ¿No es hipócrita hacer esto y luego manifestarnos por los derechos laborales ¿No criticamos aquello que moralmente es parecido a lo que hacemos nosotros?

Supongamos que podríamos mandar a otro planeta a todos los asesinos, agresores, terroristas, violadores y ladrones... quedándose aquí sólo la gente normal ¿Sería un mundo libre del mal? Yéndose los muy malos ¿Ya no habría odio, egoísmos y traiciones? ¿Viviríamos en una película de Walt Disney? Sabemos que no.

No se trata de sentirnos mal o bien (eso no cambia la realidad) sino de conocer la verdad y tomar decisiones al respecto. Eliane Brum declara al diario El País que “el tiempo de las ilusiones ha llegado a su fin. Ningún acto de nuestra vida cotidiana es inocente. Al pedir un café y pan con mantequilla en la panadería, nos implicamos en una cadena de horrores causados a animales y a humanos involucrados en la producción. […] La descripción de las atrocidades que cometemos de forma rutinaria puede seguir aquí a lo largo de miles de caracteres. Comemos, nos vestimos, nos entretenemos y nos transportamos a expensas de la esclavitud, de la tortura y del sacrificio de otras especies y también de los más frágiles de nuestra propia especie. […] Hay varias implicaciones profundas en una época en la que el conocimiento no libera, sino que condena. [...] ¿Qué haremos, subjetivamente, ahora que estamos condenados a ver? […] Queda el cinismo, siempre el último reducto. Decir que, ante el hecho de que más de 7.000 millones de seres humanos ocupan el planeta, un número en aumento, no hay otra forma de comer y vestirse que no sea mediante la explotación, la esclavitud y la tortura es la afirmación más obvia. Es la afirmación expandida utilizada para todas las desigualdades de derechos. Desde que no sea yo —o uno de los míos— el sacrificado, no pasa nada [1]

"El silencio ante el mal no es inocencia. No actuar es hacer algo" Bonhoeffer

14725646_2103873089758212_3676298436098545044_nSiempre podemos quitar hierro al asunto y sentirnos mejor. Pero las ofensas son reales e importantes (y esto es algo que lo tenemos claro cuando el mal es contra nosotros). Que todo el mundo participe de un mal no hace que ese el mal sea menos grave. Eso es lo que todos pensaban cuando la esclavitud era socialmente aceptada y podías beneficiarte de ella. Mirar para otro lado.

En cuanto a la moralidad y responsabilidad de nuestros actos, tampoco es lo mismo contra quien se comente la ofensa. Con todos los respetos, no es igual aplastar una flor, una mosca que a una persona. Matar o machacar a un ser humano es mucho más grave. El problema del mal y del pecado (una orientación negativa de nuestra existencia) es que nos puede parecer poca cosa si nos comparamos con quienes consideramos peores. Pero el problema es que nuestro mal es una ofensa principalmente contra Dios mismo. Y esto lo convierte en algo más grave. En primer lugar porque un mal contra nuestro prójimo es también una ofensa contra Dios. Y Dios es justicia además de amor y compasión. Pero no es un señor bobalicón de barca blanca al que todo le da igual.

La Biblia es realista al afirmar que "si decimos que no hay pecado en nosotros nos auto engañamos y estamos diciendo algo que no es verdad. Pero si reconocemos ante Dios que hemos pecado, podemos estar seguros de que él, que es justo, nos perdonará y nos limpiará de toda maldad (1ª Juan 1, 8-9). La segunda parte de este texto bíblico es una noticia extraordinaria. Michael Ots comenta: “Jesús experimentó voluntariamente la ira de Dios ante el asesinato, la violación y el abuso de menores. También hacia el egoísmo, la falta de honestidad y el chismorreo recayó sobre Jesús. Jesús experimentó en la cruz las terribles consecuencias del mal […] Dios se enfada con la gente que nos hace daño porque nos ama. Eso también quiere decir que también se enfada con nosotros cuando, a causa de nuestro egoísmo, hacemos daño a los demás. [2]

[1] Eliane Brum ¿Todo inocente es un hijo de perra? El País. 2 de marzo, 2016

[2] Michael Ots ¿Qué tipo de Dios...? Andamio, 2014, pp. 104 y 108

Por Delirante.org

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.