UNA HISTORIA CON FUTURO Un Más Allá tras esoterismo y las cartas
Cuando tenía 13 años, me adentré en el fascinante mundo de la esotérica por la influencia de mi madre. Cada vez venía con algo nuevo a casa - algo que prometía mejorar nuestras vidas o simplemente hacernos felices. Así aprendí a manejar un péndulo, orientaba mi vida principalmente por las constelaciones y cartas de Tarot, y me acostaba hipnotizándome con autosugestión, repitiéndome a mi misma que podría conseguir todo lo que quisiera. La filosofía Nueva Era me prometía felicidad y algo nuevo. Esperaba que la magia blanca ofreciera una respuesta a mis preguntas, necesidades interiores, falta de seguridad y satisfacción. Mi nueva filosofía se podía resumir en vivir y dejar vivir; el bien y el mal son relativos; la reencarnación limpia y permite alcanzar etapas más y más altas de iluminación y satisfacción espiritual. Dios está en nosotros y por todas partes: todo es dios, incluso nosotros mismos. La base es el amor hacia nosotros mismos y hacia otros. El pecado no existe. Si tenemos malas experiencias en nuestra vida o hacemos cosas malas, forma parte de nuestro camino y de nuestro destino. Son una experiencia más.
Durante los próximos 10 años, continué mi aprendizaje esotérico a través del yoga, la meditación, el amor hacia mí misma y hacia el prójimo, y la protección de mi aura con una esencia aurasomato antes de enfrentarme a situaciones o personas que pudieran tener una influencia negativa sobre mí. En momentos difíciles tomaba gotas de flores de Bach y distribuía por toda la casa las piedras y los metales que mi madre había traído de ferias esotéricas. Sus oscilaciones cósmicas prometían sensaciones de bienestar. Parecía que todo funcionaba. Tenía un buen trabajo en una renombrada empresa de moda. Tenía amigas realmente buenas con las que podía ir a la sierra a esquiar o salir de compras. Tenía un piso bonito, totalmente equipado de feng shui, y había un hombre en mi vida que me amaba.
Inés se adentró durante años en diferentes ramas esotéricas. Ahora cuenta su historia.
¿Qué más podía desear? ¿No tenía suficientes motivos para ser absolutamente feliz? Sin embargo, me faltaba algo y todo me parecía muy superficial. La vida tenía que tener un sentido aún más profundo. ¿Era esto todo lo que podía esperar de mi vida? Me di cuenta de que el esoterismo no podía hacerme feliz. Mis preguntas sobre mi vida y futuro seguían sin respuesta, y junto con ellas todos los miedos asociados. Sentía un temor existencial, un temor de perder el camino correcto en la vida. Más que nada, me di cuenta de que todo dependía de mí misma, y esto era lo que más miedo me daba porque a menudo me faltaban las fuerzas. Deseaba que alguien me apoyara, pero ¿quién? Yo misma me había propuesto ser una mujer fuerte e inteligente que sabía lo que quería en la vida. Pero cuando las cosas no iban como yo quería, o cuando me sentía débil, veía que mi filosofía no funcionaba porque dependía de mí. Estaba cansada de jugar el papel de una persona dura y súper segura de sí misma que en realidad no era. Quería relajarme, y deseaba tanto tener seguridad frente a las decisiones de mi vida. Deseaba tener a alguien que realmente conociera mi futuro y que me pudiera enseñar el camino, porque me empezaba a dar cuenta de que las estrellas y las cartas no eran capaces.
Fue entonces cuando caí en un hoyo mental muy profundo. Aunque estaba muy contenta con el trabajo que tenía, lo cambié por otro, por un sueldo más alto. Pero al segundo día en mi nuevo empleo, todo fracasó: fui acosada psicológicamente (mobbing) por mis compañeros. ¡No me lo podía creer! Siempre me había llevado bien con todo el mundo. Ya no podía entender al mundo, ya que jamás hubiera hecho algo parecido a un compañero. Cada día la situación empeoraba, y reaccioné física y mentalmente de una manera tan extrema que vivía a base de nicotina y calmantes. Me iba a casa llorando todas las noches.
Mi nueva filosofía se podía resumir en vivir y dejar vivir; el bien y el mal son relativos
Paralelamente, mi madre también había vivido un cambio enorme, pero de otro tipo. Me dijo que había conocido a Dios personalmente y que quería comenzar una nueva vida. ¡Otra vez con algo nuevo! pensé. No me interesaba demasiado, ya que yo ya estaba «equipada» con todas la mejores «técnicas». Y además no quería identificarme con esa «gente» - los cristianos - que ya conocía: típicas personas de carácter alternativo sin gusto, que andaban por la vida sin maquillaje y se sentaban en el suelo con guitarras a cantar «Aleluya». Lo tenía muy claro: ¡Así no me quería volver yo! Sin embargo, aunque creía en una energía cósmica basada en el hinduismo y budismo, mi vida solo iba a peor mientras que la de mi madre iba a mejor. Llegué a la conclusión de que nadie me podía ayudar, sobre todo con la situación en el trabajo. Estaba completamente sola con mi problema. Me sentía tan abandonada.
Al llegar a este punto, por fin decidí acompañar a mi madre a una conferencia cristiana para hacerme mi propia idea. La conferencia que escuché aquella tarde de abril de 2000 cambió mi vida por completo. Reconocí que necesitaba a Jesús en mi vida, que sólo él me podía salvar y que sin él estaba completamente perdida. Me di cuenta de que no era tan buena persona como pensaba. Aunque me dolía mucho, tenía que admitir que era pecadora en mi vida cotidiana, aún en aquello que consideraríamos como una «debilidad». Esto era pecado a los ojos de Dios y me separaba de él. Era lógico: si no quería tener una relación con Dios ni aceptarlo ahora en este mundo, tampoco tenía el «derecho» de estar con él en el paraíso después de morir. ¡Una consecuencia muy lógica y justa! Pero también escuché una buena noticia: que Jesús se había convertido en el «puente» que había que cruzar para llegar a tener una relación correcta con Dios. Jesucristo había muerto en la cruz como sacrificio por mis pecados, y solo a través de la fe en él podía hallar verdadera paz, plenitud, libertad y vida eterna. También escuché un texto de la Biblia que me llamó mucho la atención: «Porque yo sé muy bien los planes que tengo para vosotros —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de daros un futuro y una esperanza. Entonces me invocaréis, y vendréis a suplicarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón. Me dejaré encontrar —afirma el Señor».* Aquel día también entendí que Dios es un Dios de amor, que quiere lo mejor para mí, y que tiene un plan y un propósito bueno para cada persona. No es uno de los miles de dioses abstractos que hay en todas las religiones, sino que este Dios que ha creado el mundo y el universo quiere una relación íntima conmigo, se preocupa por mí y me quiere guiar por la vida. ¡Fue maravilloso comprenderlo!
Aquella noche hablé sola con Dios. En cierto modo era muy extraño y me daba un poco de miedo. Sabía que si daba este paso de aceptar a Dios como Salvador, muchas cosas en mi vida iban a cambiar (y así fue). Pero también me había dado cuenta de que era el camino verdadero. Sabía que no bastaba solo con creer en la existencia de Dios, sino que tenía que buscar el perdón por mis pecados y comprometerme con él. Aquella noche le entregué mi vida a Dios y decidí confiar plenamente en él, dejándome guiar por él. Desde entonces ha pasado bastante tiempo, y han cambiado muchas cosas en mi vida. Pero lo más importante es que al conocer más de cerca a Dios, he encontrado la paz interior como nunca antes. Está claro que aún hay situaciones difíciles o tristes, pero sé que no estoy sola. Dios está conmigo, y puedo acudir a él en mi debilidad. Puedo saber que él me acepta tal como soy, con todos mis problemas y preocupaciones, sin tener que ser una mujer fuerte o perfecta. Lo bonito de esto es que podemos llegar a Dios tal como somos pero ¡no nos quedamos como somos! He podido experimentar cómo se preocupa de mi vida, desde lo material hasta lo espiritual. Puedo decir verdaderamente que Dios me ha quitado los miedos en cuanto a mi futuro y existencia, porque él sabe lo que necesito.
Me di cuenta de que todo dependía de mí misma, y esto era lo que más miedo me daba porque a menudo me faltaban las fuerzas