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Premiado como Tercer accésit del I Certamen de Relato Breve "Erótico" 2009 convocado por Delirante
En tus ojos

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Sus manos, como anguilas, se movían en la oscuridad buscando dónde reposar. Las de ella, más cautas, se asían sin remedio a su cintura como un naufrago a la tabla que le salvará la vida. Afuera, el sol se explayaba sin piedad y fundía el asfalto en una neblina móvil, también dentro, de la habitación y de ellos, el calor iba en aumento, empapando las sábanas que pronto acabarían en el suelo. Pegado a sus pieles sudaba el rocío de la pasión, como el prefacio de una tarde sin descanso. Se separaron rendidos de amor y se miraron largamente, en silencio.

Ella supo entonces que es mentira que el amor no dura para siempre, que la ilusión se acaba. Se dio cuenta, en ese preciso momento, que también es falso que la atracción se pierde tras los primeros años y que la rutina se come la espontaneidad, cual fiera voraz que no deja supervivientes. Es mentira. Quizás, lo que más miedo le dio en algún momento fue el comprometerse, negándose a sí misma algunas libertades para tornarlas compartidas. Quizás eso, en algún momento, pero ya no, nunca más, porque tenía la certeza de que desde que se casaron y se entregaron el alma y el cuerpo por primera vez en la luna de miel, no cambiaría por nada ser una sola carne con él. Sabía que siendo su mitad es cuando estaba completa, asida de un cordón de tres dobleces que no se rompe.

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Y entonces se veía allí, en la cama de ambos, y volvían las ganas de sentir de nuevo el peso de su cuerpo sobre ella. Él entreabrió los ojos y la sonrió, entendiendo enseguida su anhelo. Al apretarla contra él, la columna de ella se estremeció de deleite, porque no se hastiaba de la delicia de su hombría. Era como si ambos hubiesen recobrado las fuerzas al mismo tiempo, dejando atrás el cansancio y entregándose una vez más a su mutua complacencia. Así pasó el tiempo, regalándose por completo, rodeándose de tactos profundos hasta que estallaron en un éxtasis delirante. Ocurrió en ambos al mismo tiempo, en una sincronización labrada durante años, intuyendo por el olor del otro que la piel comenzaba a rezumar fragancias de placer insostenible. Después, cuando ya se acercaba la noche, él la miró fijamente, como si fuera la primera vez que la descubría desnuda y en sus brazos y exclamó:
- Es en tus ojos.
Ella le miró extrañada pero no habló, su respiración aún entrecortada le pedía una explicación.
- Es en tus ojos donde quiero quedarme.
- Aclaró él.      

                                                         Julia Jiménez para Delirante.org

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