Premiado como segundo accésit del I Certamen de Relato Breve "Erótico" 2009 convocado por Delirante Despertar
Ocurrió en el 55, en el Bronx. Treinta años después, Sylvester —Syl, como entonces le decían los amigos—aún se preguntaba si de veras había sucedido o fue tan solo un sueño delirante, un recuerdo inventado.
Aquel día se habían reunido en la plaza habitual, de espaldas a los edificios de la calle X. Y mientras él contemplaba, embelesado, el blando y paciente dibujo de las nubes en el cielo del atardecer, los demás —Mike, Danny, Charly y algún otro acoplado de turno— devoraban a hurtadillas, babeantes, las fotos de una revista porno torpemente robada en el quiosco del viejo Sam, que hacía la vista gorda, de vez en cuando, recordando sus catorce años, esa curiosa sensación de estrenarse en el mundo de los adultos, de los expulsados del paraíso. A Syl, los comentarios burdos, groseros, esas imágenes explícitas de una realidad tan plana no le hacían babear. Su madre le había enseñado que la mujer era creación de Dios y que como tal había que tratarla. Además, él sólo tenía ojos para ella.
Ella. La única, la misma que, dos años antes, le miró por vez primera desde el poster que colgaba en la habitación de Willy, su hermano mayor. A partir de entonces, sólo recordaba los sueños en que ella aparecía. Era desaparecer Willy, y sentarse a solas frente al póster, en silencio, imaginar historias en las que él era el galán y ella la doncella. Lo que en sus amigos despertaba deseo lascivo era en Syl un descubrimiento delicado del misterio, algo que no acertaba a nombrar. Se casaría con ella. Le diría cosas bonitas, besaría su cuello (¡tan perfecto!) hasta no dejar un solo espacio sin cubrir. Naufragaría en sus ojos. Le quitaría la ropa despacio. Y luego, abrazados, unidos entre sí como dos olas del mar que rompen juntas, se tumbarían bajo el cielo estrellado y ella le susurraría: "eres el más apasionado amante del mundo".
Un día para él memorable fue el año anterior paseando por la cuarta avenida, al acercarse como todos los días al escaparate de la tienda de televisores. Su familia no tenía televisor, solo una vieja radio. Le gustaba imaginar los diálogos de aquellas imágenes mudas. Le encantaba ver a los hermanos Marx o los dibujos de Mickey Mouse que aparecieron ese año. Pero ese día, sobresaltado, se pegó lo más que pudo al cristal olvidando pestañear hasta escocerle los ojos. Allí estaba ella, ¡en la tele! cantando en Corea para los combatientes americanos, desarmados por sus sensuales curvas, la deliciosa voz. Lo que las balas de los nipones no habían logrado, rendir a aquellos "chicos duros" de la armada, lo consiguió la bomba rubia.
Y entonces fue lo otro, lo que era sueño delirante y era realidad inexplicable, el estreno en Manhattan de "La Tentación vive arriba". Tendría que atravesar cortando el viento la ciudad con su herrumbrosa bicicleta. No importaba. No podía dejar pasar esa oportunidad. Pero fue todo tan rápido, la limusina negra, el tumulto de fans enloquecidos alrededor, la película , volver a casa soñando de nuevo por el oscuro callejón detrás del cine y de repente coger el sobre mojado que yace en el suelo, la lluvia en la cara de ella que asoma en la ventanilla del coche. El frenazo en seco y su voz, en vivo. Y el chófer que le hace entrar a él, a Syl, cuando ella dice ¡oh, el sobre! la carta de JK, menos mal, y tú quién eres, pasa, qué guapo eres, no sabes lo importante que esta carta para mí, pensar que la había perdido… Le dedica una foto firmada, él embobado se empapa de sensualidad. Y de la forma más natural, con toda la profundidad y seguridad de quien por primera vez habla como un hombre le mira y dice: -"Yo te cuidaría como ningún hombre lo haría jamás."- Silencio. "Qué dulce, gracias."- susurra ella… y repentinamente, el violento golpe de calor en el pecho, las palabras flotando en el aire como un murmullo, su corazón acelerado, el cuerpo incapaz de reaccionar, de contestar apenas: no hay de qué, no importa…
Recuerda, por último, que, al volver a casa, le dio una patada a una lata oxidada de Pepsi, que rebotó contra un contenedor en las calles del suburbio, y los demás recuerdos se mezclan con los de aquellos labios perfectos, y quién sabe si no fue un sueño, o si el sueño empezó después de aquel primer beso de Marilyn, que nadie jamás creyó, salvo tal vez su hermano, que le miraba sorprendido, con respeto, como si desde entonces compartieran en secreto algo que ninguno acertó jamás a nombrar. Un recuerdo inventado, tal vez, un sueño tan dulcemente interrumpido, una intuición… o un despertar.