1º ACCESIT I CERTAMEN DELIRANTE DE RELATO CORTO EROTICO-BÍBLICO

Por Josué Tirado

img-1-600x380En mi rutina hay pocas cosas que merezcan realmente la pena. El despertador suena a las siete, ducha, café y al salir por la puerta de casa sabes que este será otro día más para el olvido. Es entonces cuando lo sientes, su perfume envuelve el descansillo, te rodea, por un momento hace que se te olviden los problemas. Otros días te toca la lotería, entras en el portal y ahí está ella, esperando al ascensor. Te montas e intentas no mirarla, pero es imposible. Se da cuenta y te devuelve la mirada acompañada de una amplia sonrisa. Todo se ilumina durante un instante y apartas los ojos avergonzado. Llegas a su piso y te quedas prendado de su suave contoneo, no anda, flota. Estoy absolutamente hechizado por ella…

A su paso las caras se giran, las conversaciones se interrumpen, las palabras quedan suspendidas en el aire, revolotean a su alrededor, se prenden en su pelo, largo, oscuro, salvaje. Cuando desaparece despertamos como de una especie de sopor: ha pasado un ángel.

En mi vida hay pocos días que realmente merezcan la pena, pero esta noche va a marcar la diferencia. Hoy tengo una cita con ella. Ha surgido casi sin darme cuenta, y desde un principio han quedado claras sus intenciones acerca de lo que deseaba hacer conmigo. Me ha manejado como a un dócil perrito.

Al principio me invadió la euforia pero después vino el pánico. Fui al baño y me miré al espejo: melena desaliñada, ojeras perpetuas, barba que raspa con sólo mirarla y, de regalo, una incipiente barriga, por no hablar de un atuendo de lo más anodino y desfasado.

Debo ser el hombre con más suerte de todo el planeta. He ido a la peluquería, me han hecho un corte de esos modernos; me he comprado una colonia nueva y algo de ropa decente. Hoy es mi noche. Cena a la luz de las velas, es un tópico, pero no sé hacerlo mejor. La comida me ha quedado demasiado hecha con los nervios pero ella parece no notarlo. No puedo creer que tenga su cara a tan sólo unos centímetros, hoy su aroma es todo para mí. Sus delicadas manos se mueven con soltura, no coge los cubiertos, estos obedecen sus órdenes. Justo lo que quiero hacer yo. Esto es delirante.

Su voz es como un imán, más de una vez he tenido que recolocarme en la silla al descubrirme inclinado hacia ella. Se percata y baja la mirada mientras sonríe de forma inocente, después alza los ojos y amplía su sonrisa. Me ha tendido una celada y he caído en ella sin resistirme. Apenas pruebo bocado, pero a ella la estoy devorando con los ojos. Su pelo recogido en un moño deja ver su precioso cuello, largo y esbelto. Encima de él, el paraíso de sus ojos y el panal de miel de su boca; por debajo, el camino hacia la gloria.

Lleva un sugerente vestido, que enseña pero deja adivinar. En su pecho se abre un generoso escote y, por más que intento no parecer grosero, me descubro una y otra vez mirando hacia allí. Ella lo sabe y pasea sus dedos por el borde de su vestido, está jugando conmigo. Voy a enloquecer. Se levanta, rodea la mesa, se inclina sobre mí y me besa en la boca. Nos levantamos, la cojo de la mano y la guío a la habitación, dentro nos besamos de nuevo apoyados contra la puerta. La abrazo fuerte. Hay tanta temperatura que parece que nos vamos a fundir.

Me empuja a la cama, ríe. Me echó hacia atrás mientras me desvisto con torpes movimientos. La sangre hierve en mis venas y se evapora, se ha soltado el pelo, su vestido cae hacia abajo. Ella es sencillamente perfecta y yo voy a estallar de un momento a otro. Se sube a la cama y gatea despacito, contoneándose suavemente. En la mesita de noche está la foto de la familia, la vuelco, ella lo ve y sonríe pícara. “Sí, mejor” me susurra al oído.

Nos volvemos a besar, pero de repente suena un ruido en la puerta, nos miramos alarmados, apenas nos da tiempo a cubrirnos con una sábana y entra en la habitación una niña pequeña de pelo oscuro y largo, salta encima de la cama y se pone a hablar sin freno. La mando al salón y cierro la puerta, nos miramos y nos echamos a reír. “La próxima vez, sin cena” dice. Asiento y salgo a pagar a la canguro. Vuelvo a la habitación y la encuentro con nuestra hija. Sugiero que ya es hora de que alguien vaya a acostarse. Mi esposa me mira y pregunta pícara “¿en quién estás pensando?”

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