miércoles, diciembre 7, 2022

Si hubo evolución… ¿Qué hacemos con Adán? ¿Qué del pecado original?

Cada vez hay más cristianos que no tienen problemas para decantarse por una lectura no literal de Génesis 1-3 asumiendo la teoría de la evolución como un hecho.

Sin embargo, surge un mayor conflicto con las palabras del apóstol Pablo acerca del pecado de Adán y sus consecuencias: ¿Debería ser Adán una persona necesariamente histórica para la coherencia bíblica? Y si no lo fue: ¿Qué sentido teológico tendrían las menciones de Pablo al primer hombre? ¿Qué ocurre entonces con el «pecado original»?

Daniel C. Harlow expone 5 formas básicas de considerar a Adán y Eva[1] (Ver imagen). Algunas de las posturas llamadas “concordistas” son asumidas por cristianos como Timothy Keller o William Lane Craig que asumen la evolución al mismo tiempo que creen que Adán y Eva fueron personas reales históricas. A priori, el concordismo trata de resolver algunos problemas de encaje entre Biblia y ciencia evolutiva. Pero también crean otros.

Algunos exégetas rechazan las propuestas concordistas (y creacionistas) por considerarlas proyecciones de necesidades modernas alejadas de la intención bíblica original. Según esta crítica, el concordismo y el creacionismo que fuerzan al relato a coincidir con la ciencia actual deriva en inestabilidad para nuestra fe al depender de los descubrimientos científicos de cada tiempo. Es decir, durante un tiempo el concordismo puede hacer que Biblia y ciencia “cuadren”, pero unas generaciones después… dejan de cuadrar las cosas. De ahí que una de las principales críticas al concordismo entre ciencia y Biblia sea el descrédito que este ha generado hacia Las Escrituras a lo largo de los siglos. Basta recordar al religioso Cosmas (s. VI) explicando “bíblicamente” que el mundo era un arcón y la tierra el rectángulo del fondo[2]. A día de hoy, el literalismo aparece en algunas encuestas como una de las razones del creciente abandono y rechazo de la fe en Occidente ¿Podemos aprender algo de la historia? Realmente no estamos ante un asunto baladí.

Como respuesta a las posturas literalistas, citando a Karl Barth, “la idea de que la Biblia declara la Palabra de Dios solo cuando habla históricamente es una idea que debe abandonarse […] La presunta equiparación de la Palabra de Dios con un registro “histórico” es un postulado inadmisible que no se origina en la Biblia en absoluto, sino en el infortunado hábito del pensamiento occidental que asume que la realidad de una [narración] se mantiene o cae según sea “historia” o no[3]”.

En el artículo titulado “¿Pretende Génesis 1 y 2 ser leído literalmente? ya expusimos que ni la revelación científica ni la plena historicidad parecen ser las intenciones de los relatos bíblicos de la creación. Más bien pretenden otorgar propósito e identidad al pueblo de Israel sin pretensiones científicas ni estrictamente historicistas.

En esta línea, las explicaciones del presente artículo pretenden afirmar la inspiración de La Biblia al mismo tiempo que la realidad de Adán como posible figura literaria prototípica o representativa de la humanidad, no como una persona necesariamente histórica. Creemos que este es el mejor enfoque posible.

Problemas morales de la evolución

Dicho esto, unos de los problemas comunes de los creyentes para aceptar la evolución son cuestiones morales ¿Cómo un Dios bueno pudo haber dado lugar a la violencia y el enorme lapso que propone la evolución? ¿Por qué y para qué lo haría Dios así?

Bien. No tenemos todas las respuestas. Ni nosotros ni nadie. Pero sí sabemos que el resto de las preguntas acerca del sufrimiento son igualmente complejas… haya habido, o no, evolución… ¿Por qué un niño sufre una dolorosa enfermedad degenerativa? ¿Y qué de tantas culturas sometidas a violencia por milenios y sin saber nada de Jesús? ¿Por qué millones nacen en hambrunas que acaban con los niños y otros lo hacen en un cómodo occidente? Los problemas morales de la teoría evolutiva son dramáticos y misteriosos. Pero admitamos que el resto de preguntas acerca del sufrimiento también lo son.

Ciertamente, algunas de las respuestas al problema del sufrimiento pasan por que adelantemos su Reino y ser parte de la solución. También confiamos en que un día todo mal terminará y que, a pesar de todo, incluso hoy percibimos la bondad y gracia de Dios. Los cristianos, evolucionistas o no, aceptamos el misterio y decidimos confiar en Dios aunque no tengamos todas las respuestas.

Las preguntas difíciles acerca del sufrimiento no cambian demasiado si optamos por creer en una creación instantánea literal. De hecho, el literalismo añade sus propios problemas morales. Por ejemplo: ¿Qué hay del incesto entre los hijos de Adán y Eva que en Levítico 18 se define como abominación? Dios pudo haber planificado la reproducción inicial de otro modo ¡Por supuesto! ¡La creatividad de Dios es incuestionable! Pero no lo hizo. Así que desde una interpretación literalista nos preguntamos: ¿Cómo puede calificarse de abominable el diseño original de Dios? ¿O cómo pudo Caín tener miedo de que en otros lugares le tomaran como extranjero siendo todos los habitantes del planeta sus hermanos o sobrinos (Gn. 4, 13-14)? Sin embargo, nos quitamos estos y otros innecesarios problemas de coherencia bíblica si optamos por una interpretación más simbólica que científico-literal.

“Y todo era bueno”

Dentro de los problemas éticos, a muchos creyentes no les encaja que el duro proceso evolutivo lleve a decir a Dios “que todo era bueno” (Gn. 1, 31). Pero aquí el término hebreo no es un “bueno” que implica una total ausencia de sufrimiento o de maldad. Una prueba de que el mal ya se manifiesta antes de tomar del árbol es la existencia de una maléfica serpiente afectando e interactuando con los humanos. Su presencia poco tenía de “bueno” moralmente hablando. De hecho el relato enseña que el bien y el mal pueden ser conocidos por la humanidad porque estos ya existen previamente entre ellos.

El Dr. Alister McGrath nos comentó que ya San Agustín dijo que ese “todo era bueno” se refería más bien a que todo seguía su cauce establecido por Dios, no a la ausencia absoluta del mal como a menudo proyectamos sobre esta expresión. Y aunque el mal y el dolor son a menudo un misterio ¿Acaso Dios deja de ser bueno cuando existe sufrimiento?

¿Muerte espiritual o física?

Denis O. Lamoureux señala otros argumentos para no optar por la interpretación literal[4]. Uno de ellos es que Dios le dijo a la primera pareja que “el día que comieres morirás” (Gn. 2, 17) cuando ellos no mueren físicamente ese día sino que viven muchos años más. En ese momento Adán y Eva tampoco se preguntan: “¿Y qué es eso de “morir” que parece tan importante?” No. El relato sobreentiende que ellos ya conocían la muerte. El mensaje apunta a que el pecado conlleva la muerte espiritual, no a que la muerte o el mal (que ya estaban allí al menos con la serpiente) surgen “ese día”. De hecho, asumir que los primeros humanos fueron creados inmortales físicamente es otra de las premisas que solemos imponer a la narración sin que esta afirme nada al respecto.

Las enseñanzas de Génesis son especialmente profundas y trascendentes. Como ya explicamos en otro artículo, Génesis ofrece una rotunda respuesta a las cosmogonías que dominaban la antigüedad. Aquellos mitos paganos establecían el propósito y la identidad de los pueblos a los que las jerarquías explotaban desde el miedo a los dioses. Y esto es algo a lo que Génesis planta cara.

Árboles, vida e inmortalidad

En el Egipto del que Israel vino, los dioses Isis y Osiris surgen del árbol en el que se encerraba la vida y la muerte. Un árbol es también protagonista en la epopeya acadia de Gilgamesh acerca de la búsqueda de la inmortalidad, una historia bien conocida por los hebreos que recibieron el Génesis. Los árboles de la vida eran comunes como pedagógicas metáforas que establecían el propósito de la vida de forma absoluta.

Pero entonces… ¿La Biblia “copia” relatos antiguos de sus vecinos? ¡No! Esto es un error común que ignora lo más importante de la intención del relato. La revelación de Génesis recae en las escandalosas diferencias con las cosmovisiones paganas ¡Esto lo entendía muy bien el lector original! El árbol de la vida, el río, el jardín… se concebían como elementos teológicos sublimes que hoy infravaloramos desde nuestra ignorancia y cierta supremacía cultural. Pero debemos acercarnos desde las claves originales ¡No desde nuestras necesidades poscientíficas! Y en este caso Génesis revela un propósito dignificador y liberador sin precedentes guiados por un único Dios verdadero.

Siguiendo con el árbol en Génesis, vemos que tras comer del fruto prohibido,Dios dijo: aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre” (Gn. 3, 22).

Hasta el momento no había aparecido este segundo árbol de la inmortalidad en el que (a diferencia de otros mitos idolátricos famosos de aquel tiempo) se deja claro que la inmortalidad solo le corresponde a Yavé y que buscarla es una quimera. Autores como William Lane Craig entienden además que la descripción de este árbol da por hecho que Adán y Eva no dispusieron de inmortalidad en ningún momento.

En cualquier caso, el punto esencial de Génesis es hacia dónde va la humanidad y las consecuencias del pecado que ya estaban desde el principio entre nosotros. No hay indicios de que las explicaciones científicas o necesariamente historicistas según criterios occidentales modernos fuesen una exigencia, ni siquiera una preocupación, de los autores y receptores originales de Génesis.

Los nombres

Toda traducción pierde enseñanzas impresas en el lenguaje y cultura originales. En nuestro caso, Adán significa literalmente “humanidad” (y así se traduce el término en otras partes del Antiguo Testamento). Eva es “vida” y Abel “hebel”, que significa vanidad, neblina, vapor, vaho… Hebel se usa en Eclesiastés para afirmar que la vida es “vanidad de vanidades”. Según el profesor de Antiguo Testamento, Matthew Richard, el vocablo hebreo para Caín apunta a algún tipo de arma. Así que mientras en nuestro idioma nos llevamos la idea de que “Adán y Eva viven en el Edén hasta que son expulsados fuera, donde Caín mata a Abel”… el lector hebreo original captaría una visión mucho más profunda en cuanto a que “la Humanidad y la Vida están en el Paraíso hasta que son expulsados fuera, donde el arma mata al Aliento fugaz[5]”.

Como vemos de nuevo, el texto original invita a una comprensión simbólica de la condición humana, algo habitual en la pedagogía antigua. Es curioso además que cuando Jesús se refiere al origen de los humanos lo hace como varón y hembra, no por sus nombres propios de Adán y Eva como sí hace al referirse a Abraham, Moisés o los otros personajes del Antiguo Testamento ¿Quizás para resaltar ese carácter representativo de la humanidad?

En cualquier caso, cuando Jesús o un apóstol citan a los primeros humanos, a Noé o  a cualquier otro personaje, la enseñanza espiritual es la misma tanto para quienes son literalistas como para quienes no lo son ¡Este es un punto clave! Y por eso toda La Biblia es verdad, desde Génesis hasta el Apocalipsis con sus simbólicas bestias de varias cabezas surgiendo del mar. Como dice Anthony de Mello, si la historia de la gallina de los huevos de oro estuviese en la Biblia, los cristianos pasarían más tiempo discutiendo sobre cómo Dios hizo que una gallina pusiera huevos de oro que aplicando sus lecciones sobre la avaricia y sus consecuencias ¡Este es el propósito último de la revelación!

El origen de la doctrina del “pecado original

A continuación analizaremos las alusiones de Pablo al pecado de Adán y el dogma del “pecado original”. Consideramos que estos versículos son los que más problemas teológicos ofrecen a algunos creyentes para aceptar la teoría de la evolución y, por tanto, una lectura más simbólica de Génesis 1-3.

Comencemos:

Algunas de las primeras interpretaciones que señalaban una herencia imputada del pecado de Adán a todos los humanos fueron del siglo II, con Ireneo a la cabeza, aunque curiosamente él no solían citar La Biblia sino que más bien apelaba a la filosofía.​

Sin embargo, no todos los cristianos han interpretado del mismo modo las palabras de Pablo sobre Adán. Ni mucho menos. “Hasta el período de Agustín, el Oriente cristiano no tiene el concepto propio de un pecado original que afecte a toda la humanidad, pero mantiene con vigor que la humanidad está en una situación de separación de Dios[6]”. Efectivamente, sería Agustín de Hipona (354-430) quien desarrollaría lo que luego se convirtió en el dogma del pecado original influyendo determinantemente en nuestra Iglesia​ occidental. Lutero, que fue agustino, no se preocupó en exceso sobre esta cuestión y también mantuvo el dogma.

Muchos teólogos creen que Agustín fue demasiado lejos con su doctrina por querer frenar el dualismo de las potentes corrientes gnósticas de su tiempo que separaban lo espiritual de lo corporal. Otro elemento determinante en las “lentes” con las que Agustín leía La Biblia fue su fuerte lucha personal con la sexualidad. Él concluyó que el pecado original se transmitía por concupiscencia en la concepción de hijos durante las relaciones sexuales y que el sexo, incluso dentro del matrimonio ¡Era algo malo! Así que esta idea absolutamente negativa y distorsionada del sexo también pudo influir en su hermenéutica.

La realidad es que hoy existen millones de cristianos que ven el asunto de manera diferente fuera del catolicismo. “La Iglesia Oriental a diferencia de la Occidental, nunca habla del paso de la culpabilidad de Adán y Eva a su prole, como hizo Agustín. Al contrario, se considera cada individuo responsable sólo por la culpa de sus propios pecados[7]”.

Al igual que ocurría en el Antiguo Testamento, muchos judíos actuales tampoco ven la imputación condenatoria universal del pecado concreto de Adán. “Las corrientes renovadoras dentro del judaísmo interpretan la caída como el primer acto de libre albedrío del hombre, y la consideran como parte del plan divino, puesto que la falta representaría la admisión de la responsabilidad. En otras palabras, […] la caída sería una elaborada alegoría del pasaje a la adultez y la autonomía[8]”.

En la literatura extra bíblica más popular en tiempos del Nuevo Testamento las interpretaciones judías eran variopintas. Es en este periodo (s. II a. C-II d. C.) cuando se comienza a hablar por primera vez del tema en libros como 2ª de Baruc, 2ª de Esdras, La Vida de Adán y Eva, o las citas de Filón. Son datos que nos ayudan a situar las alusiones de Pablo en el marco de los debates de su tiempo.

Una vez que la doctrina de San Agustín se instauró surgirían cuestiones teológicas complejas como consecuencia del dogma. Por ejemplo: Si Jesús no tuvo pecado y al mismo tiempo recibió el ADN “adánico” de su madre ¿Cómo conciliar su santidad plena (como Dios) con el pecado imputado (como humano)? La Iglesia Católica trató de solucionar este conflicto con la doctrina de la inmaculada concepción de María, sin pecado concebida ¿Pero cómo lo solucionan los protestantes que creen en este dogma?

Otro problema de coherencia bíblica es que Eva fue el primer humano en pecar, no Adán (1ª Timoteo 2, 14). Así que este sería otro motivo para no leer dogmáticamente a Pablo y sí hacerlo desde el concepto representativo de Adán=humanidad como ya hizo Génesis 5, 2 cuando afirmar que Dios «los llamó (al varón y a la mujer) Adán el día en que fueron creados”. Como vemos, fue en el mismo Génesis donde Eva también es Adán desde una imagen prototípica de la humanidad, no literal.

¿Condenados por el pecado concreto de Adán? … ¿O por los nuestros?

La imputación universal del pecado concreto de Adán fue algo impensable en todo el Antiguo Testamento. Las innumerables explicaciones para la limpieza del pecado, el templo, la ley, los ritos… todo ignora completamente cualquier imputación o culpa heredada de Adán ¿No es esto ya llamativo? Más cuando se trata de los relatos más cercanos al contexto de Génesis y en cuyo contexto inmediato (Gn. 1-3) tampoco presenta la caída como un acto de infección a toda la humanidad posterior. Porque una cosa es una revelación progresiva y otra diferente ignorar completamente  el supuesto epicentro del problema humano para su reconciliación con Dios

El término “pecado” no aparece como tal en La Biblia hasta el capítulo 4 de Génesis con Caín y Abel. Curiosamente, y lejos de apelar a la supuesta culpa “recién” heredada de Adán, el pecado se presenta como algo que “está acechando en la puerta” y que “no obstante, tú puedes dominarlo” (4, 7). Esta primera descripción bíblica armoniza con el resto del Antiguo Testamento en el que el Israel de la alianza no se presenta como incapaz de agradar a Dios. La ley y los profetas asumen continuamente  la posibilidad de agradar al Señor, de ser justos y rectos mediante la obediencia a La ley en su caso. Israel nunca se describe como anulado o condenado por el pecado de Adán.

Ciertamente, durante un tiempo algunos pensaban que el pecado de los padres se heredaba durante varias generaciones. Hasta la cuarta se llega a concretar (Ex. 20, 5; 34, 7). Pero incluso en estos textos tampoco se señala a Adán y Eva como culpables. Nunca. No obstante, serían las propias Escrituras quienes finalmente zanjarían el asunto afirmando muy contundentemente que cada uno paga por sus propios pecados, no por herencia de ningún tipo:

Dios también me dijo: «Los israelitas repiten a todas horas ese refrán que dice: “Los padres la hacen, y los hijos la pagan”. Pero yo me pregunto por qué lo repiten. Porque yo les aseguro que ese refrán no volverá a repetirse en Israel. La vida de todo ser humano me pertenece, tanto la de los padres como la de los hijos. Sólo morirá aquel que peque. […] Ni el hijo tiene que ser castigado por los pecados del padre, ni el padre tiene que ser castigado por los pecados del hijo. Sólo morirá la persona que peque. Quien haga lo bueno recibirá lo que merecen sus buenas acciones; quien haga lo malo recibirá lo que merece su maldad(Ezequiel 18: 2-4; 20 (TLA). Ver también: Isaías 53, 6. Génesis 6, 5-7; 6, 21.)

A pesar de todo, el debate de la culpabilidad heredada de los padres seguiría aún abierto entre algunos judíos durante el siglo I. Esto se observa cuando a Jesús le preguntan: “Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?Ni él pecó, ni sus padres — respondió Jesús” (Juan 9, 2-3).

Ya en línea con Ezequiel, autores como Santiago vincularían la muerte espiritual a las acciones pecaminosas propias: “Cada uno es incitado a pecar por su propia avidez, que lo arrastra y lo seduce. Después la avidez concibe y da a luz al pecado, y el pecado, una vez consumado, origina la muerte” (St. 1, 14-15).

Los Textos de Pablo

Vayamos, por último, al meollo de la cuestión. A las citas paulinas de Adán en Romanos 5, 12-21 y 1ª Corintios 15, 21-22:

Romanos 5, 12. Un texto difícil… y de esperanza

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un humano (“antropos”, genérico para ser humano), y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…”  (Romanos 5, 12 RV60)

En primer lugar, la honestidad debe llevarnos a admitir la complejidad de este pasaje (Ro. 5, 12-21) del que el comentarista conservador William Barclay dice:

No hay pasaje en todo el Nuevo Testamento que haya tenido más influencia en la teología que éste; ni que sea más difícil de entender para la mentalidad moderna. Es difícil, porque Pablo se expresa con dificultad. Notamos, por ejemplo, que la primera frase no termina, sino que se interrumpe a mitad del camino mientras Pablo persigue otra idea por otra vía. Y además, es que Pablo está pensando y expresándose en términos que eran corrientes y claros para los judíos de su tiempo, pero no para nosotros. Si hubiéramos de encerrar el pensamiento de este pasaje en una sola frase escogeríamos la que Pablo pone al principio e interrumpe después: «Por el pecado de Adán toda la raza humana quedó contaminada de pecado y separada de Dios; pero por la justicia de Jesucristo toda la humanidad adquiere la justicia y vuelve a estar en la debida relación con Dios»[9]

Como bien resume Barclay, la preocupación de Pablo es mostrar la solución a la muerte espiritual que el pecado ejerce desde que llegó a “todos”. Este “todos”, por cierto, tampoco debió ser entendido por muchos oyentes como una referencia absoluta a la muerte física ya que por entonces había judíos (quizás Pablo entre ellos) que creían que personajes como Enoc o Elías no vieron nunca dicha muerte corporal (Ge. 5, 18-24; 2 Re. 2, 11; He. 11, 5).

Siguiendo con el análisis de Romanos 5, el profesor Peter Enns observa que la desobediencia de Adán en Pablo posee implicaciones universales: Adán trajo la muerte a «todos». Pero entonces ¿Qué significa que Jesús vino a dar vida a «todos»? Si asumimos que Pablo no pretende exponer una salvación universal… ¿No sería mejor decir que Jesús trajo vida a «todos los que creen«? Bien. Seguramente el mismo apóstol era consciente de que su paralelismo entre Pablo y Adán no es del todo preciso tal y como todos estamos viendo. Pablo está escribiendo y luego dice «muchos» (vs. 15 y 19) en lugar del anterior «todos«. Como que retrocede un poco para decir… «Bueno, no “todos” como dije…”. Estas imprecisiones ya nos hacen pensar que Pablo no buscaba establecer un nuevo, estricto y sorprendente dogma teológico de la imputación condenatoria de Adán en cada humano que nace. Como ya vimos, esta idea era impensable para los judíos, por lo que a buen seguro que Pablo la hubiera explicado mucho mejor si realmente hubiera pretendido presentar dicho dogma.

Sospecho que si previamente no nos hubieran hablado de la doctrina del pecado original, probablemente nos acercaríamos a Romanos y Corintios concluyendo (al igual que millones de ortodoxos y protestantes)  que lo que Pablo pretende es exponer la realidad del pecado en todos nosotros y a Cristo como su solución. Que lo que salió mal en Adán es rectificado en Cristo y que el plan de Dios con la humanidad vuelve a reactivarse en Jesús.

Como Peter Enns señala, en la teología de Pablo toda la creación comienza como un nuevo punto de partida en Cristo. Esto no significa que el pecado se hereda sino que tras entrar por Adán se convirtió en un poder universal dominante en judíos y gentiles. En este sentido sí existe y sí debemos creer en un “pecado original”, pero no como una condena por el error concreto de un primer individuo necesariamente histórico.

En los capítulos del 1 al 3 de Romanos el problema universal del pecado se expone con más detalle, sin ninguna referencia a Adán. Y no hace falta incluirla porque a donde Pablo quiere llegar es a que “todos pecamos…. Ese es el meollo de todo esto. Y por eso Pablo no dice nada de Adán en 15 de sus 17 epístolas a las congregaciones recién nacidas. En este sentido, el mismo Jesús que continuamente decía que había venido a liberarnos de nuestro pecado… tampoco habló nada de revertir ninguna imputación del error concreto de Adán.

Juan Caballero aporta importantes observaciones en Romanos 5, 12 que pueden ser definitivas: “En general, los exégetas modernos han dejado de lado la traducción de έφ’ ω como in quo, y que está en la base de la interpretación que san Agustín dio de este versículo: «en el que (Adán) todos pecaron»[10]. Hoy día, la tendencia general es darle a esta expresión un valor causal, y traducirla como «porque». [..] «por cuanto», «puesto que», «ya que», y que así es como la habían interpretado siempre los griegos. Como consecuencia, Pablo estaría afirolando aquí una causalidad de los pecados personales en la muerte eterna de todos los hombres […] El Apóstol, dice Penna, no está interesado ni en precisar cómo se transmite el pecado de Adán ni en hacer disquisiciones sobre la naturaleza de la libertad humana, sino en afirmar el hecho de que en las acciones pecaminosas de los hombres (el verbo ήμαρτον remite a hechos más que a un estado) de algún modo sale a la luz, como de una corriente subterránea, y pulula de nuevo, el antiguo pecado de Adán[11]”.

Las aclaraciones de Caballero son importantes porque San Agustín no dominaba el griego. Ni mucho menos. Realmente es sorprendente que una doctrina tan determinante fuese elaborada desde la interpretación de un texto en griego extremadamente complejo por ¡Alguien que no sabía griego!

1ª Corintios 15, 21-22

Por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados

La idea de esta segunda cita paulina de Adán en Corintios vuelve a ser básicamente la ya comentada sobre Romanos 5. Aquí Marcos Abbott cita a Gordon Fee para señalar que “el interés es en última instancia teológico; lo que le interesa aquí a Pablo no es solamente la muerte de los individuos, sino la muerte misma en tanto que es el  enemigo final[12]”.

Fijémonos que en Romanos 1,18 y 3, 20 Pablo dice que tanto paganos como judíos son pecadores y que necesitan una salvación que además de para los hijos de Abraham también está disponible para los de Adán ¡Para toda la humanidad! El pecado es, por tanto, un problema universal, no un asunto específico de los hebreos. Esta observación ayuda a entender mejor por qué esta relación entre Adán y nuestro pecado nunca aparece en libros de La Biblia dirigidos únicamente a judíos.

Seguramente fue un error de la tradición y de San Agustín forzar el paralelismo entre Cristo y Adán más de la cuenta. Tampoco debemos ser ingenuos e ignorar que detrás de los dogmas ganadores influían intereses de control de las jerarquías religiosas. Y qué duda cabe que nacer ya condenados generaba miedo en los fieles y la necesidad de obediencia absoluta al poder religioso encargado de ofrecer soluciones para tan terrible situación. Evidentemente, el dogma del pecado original (independientemente de su falta de armonía bíblica) fue muy conveniente para los intereses del poder oficial.

Los niños fallecidos

Un último argumento elegido para cuestionarnos el dogma de San Agustín es acerca de la salvación de los niños que mueren:

“Dejad a los niños venir a mí, y no se los impidáis, porque de los tales es el reino de los cielos” Mateo 19, 14.

Si el pecado original solo fuese quitado por la fe en Cristo, los niños que mueren estarían condenados. Pero si creemos que son salvados por cualquier otra acción divina que no sea la fe (a causa de su inocencia u otra gracia externa a su limitada o inexistente voluntad), entonces se invalida el poder absoluto de la “marca genética” borrable únicamente por la fe ¿No es cierto? Y ya el dogma no es tan dogmático… Y fue precisamente refiriéndose a los niños cuando Agustín formula la popular expresión: “pecado original”. Él dice: “¿Redimidos de qué…? Como a esa edad no han cometido ningún [pecado] en el curso de su vida personal, no queda más que el pecado original[13]”.

Pero una mayoría de cristianos confiamos en que los niños no son condenados y que existe un perdón acorde a la conciencia para adultos que no escucharon de Cristo tal y como Pablo expone en Romanos 2. Algunos suman otras circunstancias eximentes de reprobación como determinadas incapacidades mentales. Todo parece más coherente si nos abrimos a un Adán prototípico en Pablo que a una condena por herencia.

Dos preguntas más…

1)    «Si Jesús fue un personaje histórico ¿Adán también debió serlo al ser citado ambos juntos?»

Pablo conecta con sus destinatarios desde aquello que ellos conocen. No podría ser de otro modo. En ocasiones incluye citas ajenas a nuestro Antiguo Testamento para ilustrar sus argumentos. En Hechos 14 Pablo cita a filósofos griegos como Pausanias o Filóstrato para sostener la veracidad de su discurso. Pero si mañana se descubriese que Filóstrato no existió (Pablo realmente no pudo corroborar esto), la enseñanza inspirada que Pablo quiso transmitir seguiría intacta independientemente de la historicidad del filósofo citado ¿No es cierto?

Algo similar ocurre cuando Judas (vs. 14-15) cita un párrafo del libro de Enoc que no está en nuestras Biblias. Dicha mención veraz no convierte en históricos a todos los personajes del libro de Enoc ni al 100% de sus extravagantes narraciones. Del mismo modo, Pablo usa elementos creativos que incluyen la personificación, como cuando de Israel dice que “bebieron de la roca, que era Cristo” (1 Co. 10, 4). Y aquí nadie entiende (eso espero) que Cristo estuvo allí históricamente con forma de roca a pesar de ser citado así junto a Moisés (v. 2). El lenguaje figurativo o representativo era un recurso pedagógico muy común. Por tanto, asumir que “ya que Pablo se refiere a Jesús, que fue un individuo histórico… Adán también debió serlo”…  no es un silogismo exigible ¡Nada más lejos de la realidad!

2)    «¿Creía Pablo en Adán como un personaje histórico?»

Los autores del Nuevo Testamento se refieren a personajes del pasado tal y como los asumía la cultura de su tiempo. Muchos judíos probablemente pensarían que sí fueron personajes históricos del mismo modo en el que asumían que el Cosmos tenía tres estratos (Fil. 2, 10-11) o que la esclavitud era el sistema social natural, sin alternativa viable (Co. 3, 22; Ef. 6, 5-9; 1ª P. 2, 18). Pero la revelación inspirada de La Biblia no radica en estas asunciones culturales que son parte de la narrativa. Si Pablo creía que Adán fue un personaje histórico real (tampoco sabemos si así lo pensaba) esto no sería una prueba de su historicidad porque la intención de Pablo no es antropológica ni genetista sino proporcionar enseñanzas espirituales que pudieran ser comprendidas por sus oyentes ¿De qué otro modo iba a hacerlo? Las enseñanzas espirituales son finalmente las mismas para todos, creamos, o no, en la evolución.

Conclusión

Adán y Eva como analogía del ser humano, primeramente del pueblo hebreo

Adán y Eva como analogía de la humanidad, primeramente de Israel

Las Escrituras se dirigen a un pueblo (Antiguo Testamento) y a comunidades (Nuevo Testamento). De ahí la importancia de la colectividad, y de Adán y Eva también como analogía de Israel. El relato de la creación tuvo un sentido extraordinario como respuesta a la crisis de identidad provocada por la cautividad babilónica. Cuando el pueblo de Israel lee Génesis percibe la expulsión del Edén como su propia historia de fracaso. Ambas historias desembocan en la expulsión de la tierra prometida tras la ruptura de la alianza con Dios. Del mismo modo, salir de aquella Babilonia de confusión (¿Recuerdan la torre de Babel?) y volver al pacto se convierte en esperanza.

Todos los humanos (Adán = humanidad) pecamos. Se trata de una realidad que podemos comprobar cada día y que no cambia si hubo (o no) evolución de las especies. Nada de esto cambia si Adán fue (o no) un personaje literario para representar a la humanidad. Haya evolución, o no, La Biblia manifiesta un profundo sentido prototípico cuando incluye a Adán en las genealogías o cuando presenta a Eva como el origen de la promesa de la simiente que aplastará a la serpiente del engaño. Son elementos llenos de significado.

La salvación es una historia “de y para” la humanidad. Dios crea a la persona en particular, y viceversa, pues en cada individuo se da vida a la humanidad. Dios nos formó para una colectividad que nuestro individualismo moderno nos hace minusvalorar. Pero nuestros actos personales son actos de la humanidad y la afectan a ella. Todos estamos interrelacionados y es en este sentido que sí deberíamos creen en un pecado original bíblico, no tanto según lo entendió Agustín. La vida de Cristo, su muerte y resurrección afectan a la humanidad y a cada persona. La responsabilidad compartida nos ayuda a entender mejor el auténtico sentido del Adán citado por Pablo.

No tenemos todas las respuestas, aunque podemos estar seguros de que todos pecamos y que necesitamos de Su gracia. El asunto de un Adán histórico versus Adán prototípico se ha discutido y se seguirá discutiendo. Mis explicaciones, y las de cualquiera en este asunto, siempre serán incompletas y debatibles. Pero podemos creer en la inspiración bíblica y en la evolución de las especies ¡Sin duda! Esto debería traer paz al cristiano evolucionista así como un refuerzo del diálogo y la convivencia en la iglesia. Nuestra interpretación teológica siempre será humana y estará condicionada por multitud de factores que no siempre la harán coincidir con la palabra última de Dios.

Dar cabida a un Adán no necesariamente histórico no solo me parece la opción más bíblicamente coherente. Además fortalece la evangelización, la fe, la apologética y el discipulado de una mayoría que hoy asume la evolución como un hecho, especialmente fuera de nuestro entorno evangélico. Hay cosas que probablemente nunca sepamos en cuanto a qué sucedió exactamente en el pasado, aunque la falta de certezas en algunos asuntos también es motivo de adoración. En cualquier caso, el evangelio que transforma el mundo revela que «el primer hombre vino del polvo de la tierra; el segundo de El cielo” (1ª Co. 15, 47), algo que Pablo se esfuerza en hacernos entender como la esencia de la verdad definitiva: En Cristo hay salvación y nuestro pecado queda perdonado.

[1] Daniel C. Harlow, Después de Adán: leer el Génesis en la era de la ciencia evolutiva, Revista Alétheia de la Comisión de Teología de la Alianza Evangélica Española, 2012

[2] https://www.fliedner.es/media/modules/editor/cienciayfe/docs/documentos/de_Felipe_2000_Apuntes_para_el_debarte_historico_de_la_cosmologia_biblica.pdf

[3] Karl Barth, Dogmática eclesial, vol. 3, pt. 1:82

[4] Denis O. Lamoureux, ¿Fue Adán una persona real?, 2015 (2010 en inglés), Documento Biologos  publicado por el Centro de Ciencia y fe

[5] Matthew Richard Schilmm, Esta Extraña y sagrada escritura, Juanuno1, 2021, pp. 41-22

[6] Citado por Bernard Sesboüé y  traducido del francés por José Pedro Tosaus Abadía en: El Pecado original: ¿Un código de falibilidad? , Revista Internacional de Teología Concilum, Editorial Verbo divino, febrero 20024, nº 304, p. 14

[7] https://ocamexico.org/ancestraloriginal

[8] Wikipedia: Pecado original/Enciclopedia sobre judaísmo

[9] William Barclay, Comentario Al Nuevo Testamento, Clie, 2008

[10] Cfr. Lozano, a., Romanos 5, 183-186 y 188-189

[11] Juan Luis Caballero (U. Navarra), Rm 5, 1 2 y el pecado original en la exégesis católica reciente. Penna, r., Romani, I, 455-456. Cfr. Pitta, A., Romani, 234. Citado por  Juan Luis Caballero, Rm 5, 1 2 y el pecado original en la exégesis católica reciente, SCRIPTATHEOLOGICA/VOL. 46/2014/ 121-140 ISSN 0036-9764. P. 130, 131 y 133

[12] Op. Cit.

[13] Agustín, De poena et remissione peccatorum [Sobre la pena y la remisión de los pecados], I,26; PL 44, 131; Vivès 30, pp. 31-32

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