miércoles, mayo 29, 2024

Si hubo evolución… ¿Qué hacemos con Adán? ¿Qué del pecado original?

Cada vez hay más cristianos que no tienen ningún problema para aceptar una lectura no literal de Génesis 1-3 asumiendo la teoría de la evolución como un hecho.

Sin embargo, existe un mayor conflicto con las palabras del apóstol Pablo acerca del pecado de Adán y sus consecuencias: ¿Debería ser Adán una persona necesariamente histórica para mantener la inspiración bíblica? Y si no fue una persona: ¿Qué sentido teológico tendrían estas menciones de Pablo al primer hombre? ¿Qué del «pecado original»?

Daniel C. Harlow expone 5 formas básicas de considerar a Adán y Eva[1] (Ver imagen). Algunas de las posturas llamadas “concordistas” son asumidas por cristianos como Timothy Keller o William Lane Craig que aceptarían la evolución humana al mismo tiempo que creen en Adán y Eva como personas reales históricas. 

A priori, el concordismo trata de resolver algunos problemas de encaje entre Biblia y ciencia evolutiva. Pero para muchos otros creyentes, también crea otros problemas. Es por esto que en este artículo abordaremos un análisis de los textos del apóstol Pablo considerando la evolución como un hecho.

Quienes rechazan estas propuestas concordistas y creacionistas afirman que se tratan de proyecciones de necesidades más modernas pero que están alejadas de las intenciones bíblicas originales. Por esto creen que es un gran error tratar de hacer coincidir lo que leemos en La Biblia con la ciencia de cada tiempo. Esta intención puede hacer que, durante un tiempo, parezca que Biblia y ciencia “encajan” en algunos aspectos. Pero pasadas unas generaciones… las cosas pueden desmoronarse con la llegada de un nuevo descubrimientos que desplaza a aquellos que parecían sostener la supuesta credibilidad bíblica. No es casualidad, por tanto, que el concordismo literalista sea una de las principales razones del abandono de la fe muchos jóvenes (encuestas de Barna Group 2011 ). Este concordismo, por desgracia, se ha venido produciendo a lo largo de la historia del cristianismo creando continuas crisis de fe. Sirvan como ejemplo las tesis del influyente religioso Cosmas (s. VI) cuando afirmaba que, “bíblicamente”, el mundo era físicamente como un arcón, siendo la tierra el rectángulo del fondo[2].

Estamos de acuerdo con Karl Barth en cuanto a que “la idea de que la Biblia declara la Palabra de Dios solo cuando habla históricamente es una idea que debe abandonarse […] La presunta equiparación de la Palabra de Dios con un registro “histórico” es un postulado inadmisible que no se origina en la Biblia en absoluto, sino en el infortunado hábito del pensamiento occidental que asume que la realidad de una [narración] se mantiene o cae según sea “historia” o no[3]”.

En el artículo titulado “¿Pretende Génesis 1 y 2 ser leído literalmente? ya expusimos cómo ni la revelación científica ni la plena historicidad parecen ser las intenciones de los relatos de la creación de La Biblia. Desde su contexto original pretenden otorgar propósito e identidad al pueblo de Israel, pero sin pretensiones geológicas, biológicas o estrictamente historicistas. Estos requisitos «de verdad» serían posteriores como decimos, más propios de la era de la modernidad. Cosas nuestras.

En esta línea, las explicaciones de este artículo asumen la inspiración de La Biblia al mismo tiempo que asumimos la persona de Adán como posible figura literaria prototípica o representativa de la humanidad, no como una persona necesariamente histórica.

Problemas morales de la evolución

Dicho esto, algunos de los problemas principales de los creyentes para aceptar la evolución ciertamente tienen que ver con cuestiones morales: ¿Cómo un Dios bueno dio lugar a la violencia y al enorme lapso de tiempo que propone la evolución? ¿Por qué y para qué algo tan desconcertante?

Bien. No tenemos todas las respuestas. Ni nosotros ni nadie. Pero sí sabemos que el resto de las preguntas acerca del sufrimiento (más allá del debate sobre la evolución) son igualmente muy complejas… ¿Por qué un niño sufre una dolorosa enfermedad degenerativa? ¿Y qué de tantas culturas sometidas a violencia por milenios y sin saber de Jesús? ¿Por qué millones nacen en hambrunas y otros no? Los problemas morales de la teoría evolutiva son dramáticos y misteriosos. Pero también muchas otras cuestiones son difíciles de comprender. 

Algunas de las respuestas que sí tenemos al problema del sufrimiento pasan por entender que nosotros como cristianos debemos adelantar su Reino, ser parte de la solución. También confiamos en que un día todo mal terminará. E incluso hoy percibimos la bondad y gracia de Dios. Los cristianos, evolucionistas o no, aceptamos el misterio y decidimos confiar en Dios aunque no tengamos todas las respuestas ¿No es cierto?

Las preguntas difíciles acerca del sufrimiento tampoco cambian demasiado si optamos por creer en una creación instantánea literal del ser humano. De hecho, el literalismo también añade algunos problemas morales particulares. Por ejemplo: ¿Qué hay del incesto entre los hijos de Adán y Eva que en Levítico 18 se define como abominación? Dios pudo haber planificado la reproducción inicial de otro modo ¡Por supuesto! Pero no lo hizo. Así que desde una interpretación literalista nos preguntamos: ¿Cómo puede calificarse de abominable el diseño original de Dios que obligaba al incesto desde antes de La caída? ¿O cómo pudo Caín tener miedo de que en otros lugares le tomaran como extranjero siendo todos los habitantes del mundo sus hermanos o sobrinos (Gn. 4, 13-14)? Sin embargo, nos quitamos estos y otros innecesarios problemas interpretativos si optamos por una interpretación más simbólica que científico-literal. El literalismo, como vemos, no soluciona muchas otras cuestiones.

“Y todo era bueno”

Dentro de los problemas éticos, a muchos creyentes no les encaja que el duro proceso evolutivo lleve a decir a Dios “que todo era bueno” (Gn. 1, 31). No vamos a aburrir al lector con diatribas acerca del hebreo de Génesis, pero aquí el término no trata de un “bueno” de total ausencia de sufrimiento o de maldad. De hecho, una prueba de que el mal ya se manifiesta antes de La caída es la existencia de una maléfica serpiente afectando e interactuando con los humanos en su propio hábitat. Su presencia poco tenía de “bueno” moral o de ausencia plena de mal en la creación. El relato incluso enseña que el bien y el mal pueden ser conocidos por la humanidad porque estos ya existen ¿O cómo van a conocer la diferencia entre algo que existe (el bien) y algo que no (el mal)?

Cuando preguntamos sobre esto al Dr. Alister McGrath nos comentó que ya San Agustín dijo que ese “todo era bueno” se refería a que todo seguía el cauce establecido por Dios, no a la ausencia absoluta del mal. Y que ni Dios ni su plan dejan de ser buenos incluso cuando existe sufrimiento.

¿Muerte espiritual o física?

Denis O. Lamoureux señala otros argumentos para no optar por la interpretación literal[4]. Uno de ellos es que Dios le dijo a la primera pareja que “el día que comieres morirás” (Gn. 2, 17) cuando vemos que ellos no mueren físicamente ese día sino que viven muchos años más. En ese momento Adán y Eva tampoco se preguntan: “¿Y qué es eso de “morir” que parece tan importante?” No. El relato sobreentiende que ellos ya conocían la muerte. El mensaje, por tanto, apunta a que el pecado conlleva la muerte espiritual, no a que la muerte biológica o el mal (que ya estaban allí al menos con la presencia de la serpiente) surgen “ese día”. De hecho, asumir que los primeros humanos fueron creados inmortales físicamente es otra de las premisas que solemos imponer a la narración sin que esta afirme nada al respecto. No, incluso desde este análisis literalista, Génesis no dice en ningún lado que la primera pareja fue creada físicamente inmortal.

Las enseñanzas de Génesis son especialmente profundas y trascendentes. Como ya explicamos en otro artículo, el libro ofrece una rotunda respuesta a las cosmogonías que dominaban la antigüedad. Aquellos mitos paganos establecían el propósito y la identidad de los pueblos a los que las jerarquías explotaban desde el miedo a los dioses. Y esto es algo a lo que Génesis planta cara.

Árboles, vida e inmortalidad

En el Egipto del que Israel vino, los dioses Isis y Osiris surgen del árbol en el que se encerraba la vida y la muerte. Un árbol es también protagonista en la epopeya acadia de Gilgamesh que narra la búsqueda de la inmortalidad, una historia bien conocida por los hebreos que recibieron el Génesis. Y es que en la antigüedad, los árboles de la vida eran comunes como pedagógicas metáforas que establecían el propósito de la vida.

Pero entonces… ¿La Biblia “copia” relatos antiguos de sus vecinos? ¡No! Esto es un error común que ignora la intención principal del relato. La revelación de Génesis recae en las escandalosas diferencias con las cosmovisiones paganas ¡Y esto lo entendía muy bien el lector original! El árbol de la vida, el río, el jardín… se concebían como elementos teológicos sublimes que hoy infravaloramos desde nuestra ignorancia y desde cierta supremacía cultural. Pero debemos acercarnos a las claves originales dejando a un lado nuestras necesidades poscientíficas. Y en este caso Génesis revela un propósito dignificador y liberador sin precedentes guiados por un único Dios verdadero.

Siguiendo con el árbol en Génesis, vemos que tras comer del fruto prohibido,Dios dijo: aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre” (Gn. 3, 22).

Hasta el momento no había aparecido este segundo árbol de la inmortalidad en el que (a diferencia de otros mitos idolátricos famosos de aquel tiempo) se deja claro que la inmortalidad solo le corresponde a Yavé y que buscarla es una quimera. Autores concordistas como William Lane Craig entienden además que la descripción de este segundo árbol da por hecho que Adán y Eva no dispusieron de inmortalidad física en ningún momento.

En cualquier caso, el punto esencial de Génesis consiste en ver hacia dónde va la humanidad y las consecuencias del pecado que ya estaba entre nosotros desde el principio.

Los nombres

Toda traducción deja por el camino algunas enseñanzas impresas en el lenguaje y cultura originales. En nuestro caso, Adán significa literalmente “humanidad” (y así se traduce el término en otras partes del Antiguo Testamento). Eva es “vida” y Abel “hebel”, que significa vanidad, neblina, vapor, vaho… Hebel se usa también en Eclesiastés para afirmar que la vida es “vanidad de vanidades”. El profesor de Antiguo Testamento, Matthew Richard, el vocablo hebreo para Caín apunta a algún tipo de arma. Así que mientras en nuestro idioma nos llevamos la idea de que “Adán y Eva viven en el Edén hasta que son expulsados fuera, donde Caín mata a Abel”… el lector hebreo original captaría una visión mucho más profunda en cuanto a que “la Humanidad y la Vida están en el Paraíso hasta que son expulsados fuera, donde el arma mata al Aliento fugaz[5]”.

El texto original invita a una comprensión simbólica de la condición humana, algo habitual en la pedagogía antigua. Es curioso además que cuando Jesús se refiere al origen de los humanos habla de varón y hembra, sin usar los nombres propios de Adán y Eva como sí hace al referirse a Abraham, Moisés o a los otros personajes del Antiguo Testamento. Esto refuerza la idea de que Jesús apelaba a ese carácter representativo de la humanidad de la primera pareja.

En cualquier caso, cuando Jesús o un apóstol citan a los primeros humanos, a Noé o  a cualquier otro personaje, la enseñanza espiritual es la misma tanto para quienes son literalistas como para quienes no lo son ¡Este es un punto clave! Y por eso toda La Biblia es verdad, desde Génesis hasta el Apocalipsis con sus simbólicas bestias de varias cabezas surgiendo del mar. Y como dice Anthony de Mello, si la historia de la gallina de los huevos de oro estuviese en la Biblia, los cristianos pasarían más tiempo discutiendo sobre cómo Dios hizo que una gallina pusiera huevos de oro que aplicando sus lecciones sobre la avaricia y sus consecuencias ¡Este es el propósito último de la revelación!

¿Condenados por el pecado concreto de Adán? … ¿O por los nuestros?

La imputación universal del pecado concreto de Adán fue algo impensable en todo el Antiguo Testamento. Las innumerables explicaciones para la limpieza del pecado, el templo, la ley, los ritos… todo ignora completamente cualquier concepto de imputación o de culpa sobre nosotros heredada de Adán ¿No es esto ya muy llamativo? Más cuando se trata de los relatos más cercanos al contexto de Génesis y en cuyo contexto inmediato (Gn. 1-3) tampoco se presenta la caída como un acto de infección a toda la humanidad posterior. Porque una cosa es una revelación progresiva y otra diferente ignorar completamente el supuesto epicentro del problema según la doctrina del pecado original. En otras palabras: El Antiguo Testamento ignora por completo el dogma del pecado original. Pero veamos algo más respecto:

El término “pecado” no aparece como tal en La Biblia hasta el capítulo 4 de Génesis con Caín y Abel. Curiosamente, y lejos de apelar a la supuesta culpa “recién” heredada de Adán, el pecado se presenta como algo que “está acechando en la puerta” y que “no obstante, tú puedes dominarlo” (4, 7). Esta primera descripción bíblica armoniza con el resto del Antiguo Testamento en el que el Israel de la alianza no se presenta como incapaz de agradar a Dios. La ley y los profetas asumen la posibilidad de agradar al Señor, de ser justos y rectos mediante la obediencia a La ley en su caso. Y es que Israel nunca se describe como anulado o condenado por el pecado de Adán.

Ciertamente, durante un tiempo algunos pensaban que el pecado de los padres se heredaba durante varias generaciones. Hasta la cuarta generación se llega a concretar (Ex. 20, 5; 34, 7). Pero incluso en estos textos tampoco se señala a Adán y Eva como culpables. Nunca. No obstante, serían las propias Escrituras quienes finalmente zanjarían el asunto afirmando muy contundentemente que cada uno paga por sus propios pecados, no por herencia de ningún tipo:

Dios también me dijo: «Los israelitas repiten a todas horas ese refrán que dice: “Los padres la hacen, y los hijos la pagan”. Pero yo me pregunto por qué lo repiten. Porque yo les aseguro que ese refrán no volverá a repetirse en Israel. La vida de todo ser humano me pertenece, tanto la de los padres como la de los hijos. Sólo morirá aquel que peque. […] Ni el hijo tiene que ser castigado por los pecados del padre, ni el padre tiene que ser castigado por los pecados del hijo. Sólo morirá la persona que peque. Quien haga lo bueno recibirá lo que merecen sus buenas acciones; quien haga lo malo recibirá lo que merece su maldad(Ezequiel 18: 2-4; 20 (TLA). Ver también: Isaías 53, 6. Génesis 6, 5-7; 6, 21.)

A pesar de todo, el debate de la culpabilidad heredada de los padres seguiría aún abierto entre algunos judíos durante el siglo I. Esto se observa cuando a Jesús le preguntan: “Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?Ni él pecó, ni sus padres — respondió Jesús” (Juan 9, 2-3).

Ya en línea con Ezequiel, autores como Santiago vincularían la muerte espiritual a las acciones pecaminosas propias: “Cada uno es incitado a pecar por su propia avidez, que lo arrastra y lo seduce. Después la avidez concibe y da a luz al pecado, y el pecado, una vez consumado, origina la muerte.” (St. 1, 14-15).

El origen de la doctrina del “pecado original

Tras estas necesarias explicaciones sobre Adán y su contexto en Génesis, analizamos a continuación las alusiones de Pablo al pecado de Adán y el dogma del “pecado original”. Sabemos que estos versículos del Nuevo Testamento son los que más problemas teológicos presentan a algunos creyentes para aceptar la teoría de la evolución.

Comencemos:

Algunas de las primeras interpretaciones que señalaban una herencia imputada del pecado de Adán a todos los humanos fueron del siglo II, con Ireneo a la cabeza, aunque curiosamente no solían citar La Biblia sino argumentos filosóficos.

Pero no todos los cristianos han interpretado del mismo modo a Pablo en cuánto a lo que él pretende decir sobre Adán. Ni mucho menos. “Hasta el período de Agustín, el Oriente cristiano no tiene el concepto propio de un pecado original que afecte a toda la humanidad, pero mantiene con vigor que la humanidad está en una situación de separación de Dios[6]”. Efectivamente, sería Agustín de Hipona (354-430) quien desarrollaría la antesala del dogma del pecado original influyendo determinantemente en nuestra Iglesia​ occidental. Siglos después, el agustino Lutero no se preocupó en exceso sobre esta cuestión y también mantuvo el dogma.

Muchos teólogos creen que su visión no era estrictamente bíblica y que lo que ocurrió es que Agustín fue demasiado lejos al querer frenar el dualismo de las potentes corrientes gnósticas que en su tiempo pretendían separar lo espiritual de lo corporal. En este sentido, otro elemento de las “lentes” con las que Agustín leía La Biblia fue su fuerte lucha personal con la sexualidad. Él concluyó que el pecado original se transmitía por concupiscencia en la concepción de hijos durante las relaciones sexuales y que el sexo, incluso dentro del matrimonio ¡Era algo malo! Por tanto, debemos saber que esta idea tan negativa y distorsionada del sexo también incluyó en su hermenéutica bíblica.

Del mismo modo, hoy “la Iglesia Oriental a diferencia de la Occidental, nunca habla del paso de la culpabilidad de Adán y Eva a su prole, como hizo Agustín. Al contrario, se considera cada individuo responsable sólo por la culpa de sus propios pecados[7]”.

Al igual que en la teología del Antiguo Testamento (que analizamos en el anterior artículo), muchos judíos actuales tampoco ven la imputación universal del pecado concreto de Adán sino que «interpretan la caída como el primer acto de libre albedrío del hombre […] La caída sería una elaborada alegoría del pasaje a la adultez y la autonomía[8]”.

En la literatura extra bíblica más conocida en los tiempos del Nuevo Testamento las interpretaciones judías eran variopintas. Es en este periodo (s. II a. C-II d. C.) se comienza a hablar por primera vez del tema en libros como 2ª de Baruc, 2ª de Esdras, La Vida de Adán y Eva, o las citas de Filón. Son datos que nos ayudan a situar el porqué de las alusiones de Pablo en el marco de los debates de su tiempo.

Posteriormente, y una vez que la doctrina de San Agustín se instauró oficialmente, surgirían cuestiones teológicas complejas como consecuencia de la imposición del dogma del pecado original. Por ejemplo: Si Jesús no tuvo pecado y al mismo tiempo recibió el ADN “adánico” de su madre ¿Cómo conciliar su santidad plena (como Dios) con el pecado imputado (como humano)? La Iglesia Católica trató de solucionar este conflicto con la doctrina de la inmaculada concepción de María, sin pecado concebida. Pero ¿Cómo solucionan los protestantes que creen en este dogma? 

Otro problema de coherencia bíblica del pecado original es que Eva fue el primer humano en pecar, no Adán (1ª Timoteo 2, 14). Así que este sería otro motivo para no leer dogmáticamente a Pablo para optar mejor por un concepto representativo de Adán=humanidad como em Génesis 5, 2 cuando afirma que Dios «los llamó (al varón y a la mujer) Adán el día en que fueron creados”. Aquí Eva también es Adán desde una imagen prototípica de la humanidad, algo imposible de afirmar desde el literalismo porque se trata de otra persona.

Los Textos de Pablo

Vayamos, por último, al meollo de la cuestión del Nuevo Testamento. A las citas paulinas de Adán en Romanos 5, 12-21 y 1ª Corintios 15, 21-22:

Romanos 5, 12. Un texto difícil… que trata de esperanza

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un humano (“antropos”, genérico para ser humano), y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…”  (Romanos 5, 12 RV60)

En primer lugar, es necesario ser humildes y admitir la especial complejidad de este pasaje (Ro. 5, 12-21) del que William Barclay dice:

No hay pasaje en todo el Nuevo Testamento que haya tenido más influencia en la teología que éste; ni que sea más difícil de entender para la mentalidad moderna. Es difícil, porque Pablo se expresa con dificultad. Notamos, por ejemplo, que la primera frase no termina, sino que se interrumpe a mitad del camino mientras Pablo persigue otra idea por otra vía. Y además, es que Pablo está pensando y expresándose en términos que eran corrientes y claros para los judíos de su tiempo, pero no para nosotros. Si hubiéramos de encerrar el pensamiento de este pasaje en una sola frase escogeríamos la que Pablo pone al principio e interrumpe después: «Por el pecado de Adán toda la raza humana quedó contaminada de pecado y separada de Dios; pero por la justicia de Jesucristo toda la humanidad adquiere la justicia y vuelve a estar en la debida relación con Dios»[9]

Como bien resume Barclay, la preocupación de Pablo es mostrar la solución a la muerte espiritual que el pecado ejerce desde que llegó a “todos”. Este “todos”, por cierto, tampoco debió ser entendido como una referencia total a la muerte física ya que por entonces había judíos (quizás Pablo entre ellos) que creían que personajes como Enoc o Elías no vieron nunca una muerte corporal (Ge. 5, 18-24; 2 Re. 2, 11; He. 11, 5). Es otro indicio de que estamos ante una retórica abierta, no «cientifista».

Siguiendo con Romanos 5, Peter Enns observa que la desobediencia de Adán en Pablo posee implicaciones universales: Adán trajo la muerte a «todos». Pero entonces ¿Qué significa que Jesús vino a dar vida a «todos»? Si asumimos que Pablo no pretende exponer una salvación universal… ¿No sería mejor haber dicho que Jesús trajo vida a «todos los que creen«? Bien. Seguramente el apóstol era consciente de que su paralelismo entre Pablo y Adán no pretende ser 100% preciso tal y como estamos viendo. Pablo está escribiendo con cierta flexibilidad. Fijémonos en que luego va y dice «muchos» (vs. 15 y 19) en lugar del anterior «todos«. Como que retrocede un poco, como para decir… «Bueno, no “todos” como dije…”. Se trata de imprecisiones que ya nos hacen pensar que Pablo no buscaba establecer un nuevo y estricto  dogma teológico de la imputación condenatoria de Adán en cada humano que nace. Como ya vimos, esta idea era impensable para los judíos, por lo que a buen seguro que Pablo la hubiera explicado mucho mejor este asunto si realmente hubiera pretendido presentar dicho dogma. Pero no lo parece, desde luego.

Sospecho que si previamente nadie nos hubiera expuesto la doctrina del pecado original, probablemente nos acercaríamos a Romanos y Corintios concluyendo (al igual que millones de ortodoxos y protestantes) que lo que Pablo pretende exponer es básicamente la realidad del pecado en todos nosotros y a Cristo como su solución. Que lo que salió mal en Adán es rectificado en Cristo y que el plan de Dios con la humanidad vuelve a reactivarse en Jesús. Que a eso iba y ya está.

Como Peter Enns señala, en la teología de Pablo la creación comienza como un nuevo punto de partida en Cristo. Esto no significa que el pecado se hereda sino que tras entrar por Adán se convirtió en un poder universal dominante en judíos y gentiles. En este sentido sí debemos creer en un “pecado original”, pero no en el sentido de  que cada bebé nace condenado al infierno debido al pecado concreto de un primer individuo necesariamente histórico.

En los capítulos del 1 al 3 de Romanos el problema universal del pecado se expone con más detalle, sin ninguna referencia a Adán. Y no hace falta incluir a Adán porque a donde Pablo quiere llegar es a que “todos pecamos…. Ese es el meollo de sus escritos. Y por eso Pablo no dice nada de Adán en 15 de sus 17 epístolas. Y es que ya el mismo Jesús que continuamente decía que había venido a liberarnos del pecado… tampoco habló de revertir ninguna imputación del error concreto de Adán. Nunca. 

Juan Caballero aporta observaciones clave en Romanos 5, 12: “En general, los exégetas modernos han dejado de lado la traducción de έφ’ ω como in quo, y que está en la base de la interpretación que san Agustín dio de este versículo: «en el que (Adán) todos pecaron»[10]. Hoy día, la tendencia general es darle a esta expresión un valor causal, y traducirla como «porque». [..] «por cuanto», «puesto que», «ya que», y que así es como la habían interpretado siempre los griegos. Como consecuencia, Pablo estaría afirolando aquí una causalidad de los pecados personales en la muerte eterna de todos los hombres […] El Apóstol, dice Penna, no está interesado ni en precisar cómo se transmite el pecado de Adán ni en hacer disquisiciones sobre la naturaleza de la libertad humana, sino en afirmar el hecho de que en las acciones pecaminosas de los hombres (el verbo ήμαρτον remite a hechos más que a un estado) de algún modo sale a la luz, como de una corriente subterránea, y pulula de nuevo, el antiguo pecado de Adán[11]”.

Las aclaraciones de Caballero son importantes porque San Agustín no dominaba el griego. Ni mucho menos. Por todo esto, es realmente es sorprendente que una doctrina tan determinante y con tantos problemas bíblicos fuese elaborada desde la interpretación de un texto en griego extremadamente complejo por ¡Alguien que no sabía griego como Agustín!

https://youtu.be/YXLTL2NtDZ4 

1ª Corintios 15, 21-22

Por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados

La idea de esta cita de Adán en Corintios es básicamente la misma ya comentada en Romanos 5. Marcos Abbott cita a Gordon Fee para señalar que “el interés es en última instancia teológico; lo que le interesa aquí a Pablo no es solamente la muerte de los individuos, sino la muerte misma en tanto que es el  enemigo final[12]”.

Fijémonos que en Romanos 1,18 y 3, 20 Pablo dice que tanto paganos como judíos son pecadores y que necesitan una salvación que -además de para los hijos de Abraham- también está disponible para los hijos de Adán ¡Para toda la humanidad! El pecado es, por tanto, un problema universal, no un asunto específico de los hebreos. Esta observación ayuda a que entedamos mejor por qué esta relación entre Adán y nuestro pecado nunca aparece en libros de La Biblia dirigidos únicamente a judíos. La idea era hacer ver que todos, judíos y gentiles, partimos ahora del mismo punto de necesidad de Cristo. 

Seguramente fue un error de la tradición y de San Agustín forzar el paralelismo entre Cristo y Adán más de la cuenta. Tampoco debemos ser ingenuos e ignorar que detrás de los dogmas ganadores influían los intereses de control de la jerarquía religiosa. Y qué duda cabe que el que todos nazcamos ya condenados generaba miedo en los fieles y la necesidad de obediencia absoluta al poder religioso encargado de ofrecer soluciones para tan terrible situación. Evidentemente, el dogma del pecado original (independientemente de su falta de armonía bíblica) fue muy conveniente para los intereses del poder oficial. 

Los niños fallecidos

Un último argumento que queremos exponer para cuestionar el dogma de San Agustín es acerca de la salvación de los niños que mueren:

“Dejad a los niños venir a mí, y no se los impidáis, porque de los tales es el reino de los cielos” Mateo 19, 14.

Si el pecado original solo fuese quitado por la fe en Cristo, los niños que mueren estarían condenados. Pero si creemos que son salvados por un tipo de acción divina que no es la fe (a causa de su inocencia u otra gracia), entonces se invalida el poder absoluto de la condena debido a la “marca genética” borrable únicamente por la fe ¿No es cierto? Así que, pensando en los niños, el dogma no es tan dogmático… Y ¡Ojo!, porque fue precisamente refiriéndose a los niños cuando Agustín formula la popular expresión: “pecado original”, quien dice: “¿Redimidos de qué…? Como a esa edad no han cometido ningún [pecado] en el curso de su vida personal, no queda más que el pecado original[13]”.

Sin embargo, una mayoría de cristianos confiamos en que los niños no son condenados y que incluso existe un perdón en conciencia para adultos que no escucharon de Cristo tal y como Pablo expone en Romanos 2. Y es que todo es más coherente desde un Adán prototípico en Pablo que desde una condena imputada por mera herencia.

Dos preguntas más…

1)    «Si Jesús fue un personaje histórico: ¿Adán también debió serlo al ser citados ambos juntos?»

Pablo conecta con sus destinatarios desde aquello que ellos conocen. No podría ser de otro modo. En ocasiones incluso incluye citas ajenas a nuestro Antiguo Testamento para ilustrar sus argumentos. En Hechos 14 Pablo cita a filósofos griegos como Pausanias o Filóstrato para sostener la veracidad de su discurso. Pero si mañana se descubriese que Filóstrato no existió (Pablo realmente no pudo corroborar este punto), la enseñanza inspirada que Pablo quiso transmitir seguiría intacta independientemente de la historicidad del filósofo citado ¿No es cierto?

Cuando Judas (vs. 14-15) cita un párrafo del libro de Enoc que no está en nuestras Biblias, dicha mención veraz no convierte en históricos a todos los personajes de Enoc ni al 100% de sus extravagantes narraciones. Del mismo modo, Pablo usa elementos creativos que incluyen la personificación, como cuando de Israel dice que “bebieron de la roca, que era Cristo” (1 Co. 10, 4). Y aquí nadie entiende que Cristo estuvo allí históricamente con forma de roca porque fue citado así junto a Moisés (v. 2). El lenguaje figurativo o representativo era un recurso pedagógico común. Por tanto, asumir que “ya que Pablo se refiere a Jesús, que fue un individuo histórico… Adán también debió serlo”…  no es un argumento fuerte ¡Nada más lejos de la realidad!

2)    «¿Creía Pablo en Adán como un personaje histórico?»

Los autores del Nuevo Testamento se refieren a personajes del pasado tal y como los asumía la cultura de su tiempo. Muchos judíos probablemente pensarían que todos los relatos más conocidos acerca de su pasado exponían personajes históricos del mismo modo en el que también asumían que el Cosmos tenía tres estratos (Fil. 2, 10-11) o que la esclavitud era el sistema social natural, sin alternativa (Co. 3, 22; Ef. 6, 5-9; 1ª P. 2, 18). Pero la revelación inspirada de La Biblia no radica en la historicidad de estas asunciones que son parte de la narrativa. Si Pablo creyó que Adán fue un personaje histórico real (no sabemos si así lo pensaba) esto no sería una prueba de su historicidad porque la intención de Pablo no es antropológica o genetista sino proporcionar enseñanzas espirituales que pudieran ser comprendidas por sus oyentes tal y como hemos ido desgranando ¿De qué otro modo iba a hacerlo? Las enseñanzas espirituales acerca del pecado del que participamos son para todos, creamos, o no, en la evolución.

Conclusión

Adán y Eva como analogía del ser humano, primeramente del pueblo hebreo

Adán y Eva como analogía de la humanidad, primeramente de Israel

Antes de terminar, queremos exponer un último aspecto fundamental: Y es que Las Escrituras se dirigen a un pueblo (Antiguo Testamento) y a comunidades (Nuevo Testamento). La importancia es ante todo la colectividad, y en esto Adán y Eva también es también analogía de Israel, su pueblo. El relato de la creación fue una respuesta extraordinaria a la crisis identitaria que provocó la cautividad babilónica. Cuando el pueblo lee Génesis percibe la expulsión del Edén como su propia historia de fracaso como nación. Adán, Eva e Israel son expulsados de su tierra tras romper su alianza con Dios. 

La salvación es una historia “de y para” la humanidad. Dios crea a la persona en particular, y viceversa, pues en cada individuo se da la vida a la humanidad. Todos nuestros actos personales son actos de la humanidad y la afectan a ella. Todos estamos interrelacionados y es en este sentido que hay un pecado original bíblico, no como lo entendió Agustín. Todo pecamos desde una responsabilidad compartida.

No tenemos todas las respuestas. Pero todos pecamos y necesitamos de Su gracia. El Adán histórico versus Adán prototípico se ha discutido y se seguirá discutiendo. Pero podemos creer en la inspiración bíblica y en la evolución de las especies ¡Sin duda! Y esto debe traer paz al cristiano evolucionista abierto al diálogo y a la convivencia con el otro en la iglesia. 

Dar cabida a un Adán no necesariamente histórico me parece la opción más coherente a la luz de La Biblia y de la ciencia. También fortalece la evangelización, la fe, y el discipulado de una mayoría que hoy asume la evolución como un hecho. No obstante, hay cosas que probablemente nunca sepamos en cuanto a qué sucedió exactamente en el pasado. En cualquier caso, la falta de certezas debe ser también motivo de adoración. Y es que el evangelio que transforma el mundo revela que «el primer hombre vino del polvo de la tierra; el segundo de El cielo” (1ª Co. 15, 47), algo que Pablo se esfuerza en hacernos entender: En Cristo hay salvación y nuestro pecado queda perdonado. A Dios sea la gloria.

[1] Daniel C. Harlow, Después de Adán: leer el Génesis en la era de la ciencia evolutiva, Revista Alétheia de la Comisión de Teología de la Alianza Evangélica Española, 2012

[2] https://www.fliedner.es/media/modules/editor/cienciayfe/docs/documentos/de_Felipe_2000_Apuntes_para_el_debarte_historico_de_la_cosmologia_biblica.pdf

[3] Karl Barth, Dogmática eclesial, vol. 3, pt. 1:82

[4] Denis O. Lamoureux, ¿Fue Adán una persona real?, 2015 (2010 en inglés), Documento Biologos  publicado por el Centro de Ciencia y fe

[5] Matthew Richard Schilmm, Esta Extraña y sagrada escritura, Juanuno1, 2021, pp. 41-22

[6] Citado por Bernard Sesboüé y  traducido del francés por José Pedro Tosaus Abadía en: El Pecado original: ¿Un código de falibilidad? , Revista Internacional de Teología Concilum, Editorial Verbo divino, febrero 20024, nº 304, p. 14

[7] https://ocamexico.org/ancestraloriginal

[8] Wikipedia: Pecado original/Enciclopedia sobre judaísmo

[9] William Barclay, Comentario Al Nuevo Testamento, Clie, 2008

[10] Cfr. Lozano, a., Romanos 5, 183-186 y 188-189

[11] Juan Luis Caballero (U. Navarra), Rm 5, 1 2 y el pecado original en la exégesis católica reciente. Penna, r., Romani, I, 455-456. Cfr. Pitta, A., Romani, 234. Citado por  Juan Luis Caballero, Rm 5, 1 2 y el pecado original en la exégesis católica reciente, SCRIPTATHEOLOGICA/VOL. 46/2014/ 121-140 ISSN 0036-9764. P. 130, 131 y 133

[12] Op. Cit.

[13] Agustín, De poena et remissione peccatorum [Sobre la pena y la remisión de los pecados], I,26; PL 44, 131; Vivès 30, pp. 31-32

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