GANADOR II Certamen Delirante relato corto: La Muerte y esperanza

Ciprés nº 10

Por Miguel Torralba (Madrid)

hospital_1_cipresOstento el premio ciprés. Algunos dicen que soy gafe. En mis guardias, como médico, no para de morirse la gente. ¿Qué creen?, “me pregunto”. La medicina es el arte de entretener al enfermo mientras la naturaleza le sana, o la muerte le alcanza ¡Joder! ¡No para de sonar el busca! No me puedo relajar ni un momento. Ya llevo siete muertos en esta guardia y el récord, mi propio récord, es de nueve.

- ¡Qué profesión tan bonita! -me sonríe la acompañante de la paciente de la habitación 817. Me vuelvo hacia la paciente que muestra una mueca de dolor en sus ojos y espira un olor nauseabundo por su boca, a sopa de hospital junto con putrescinas de su enfermedad periodontal. ¡Si yo le contara! –replico, sonriendo hipócritamente y aposentando el fonendoscopio sobre mis hombros.

La gente no muere en sus casas. Las llevan al moridero, me refiero al Hospital. Ni siquiera se permite que la gente esté enferma en casa. Las llevan al nosocomio. Lo cierto es que el Hospital es un tránsito, o bien, un interludio entre la vida y la muerte. ¡Eso sí, mucha bata blanca, mucho pijama verde, mucha penicilina!, y por supuesto, las sopas y el pollo, ¡siempre pollo!

Me tomo un café con la enfermera en el control mientras comento mis cavilaciones y ¡joder!, otra vez el busca. “Éxitus en la 409” – “era una muerte esperada” – confirma la enfermera. Dejo el café a medias y bajo a la cuarta planta para firmar el certificado de defunción. Voy a ver al cadáver y efectivamente, se encuentra en apnea, sin pulsos centrales y con pupilas midriáticas. Muerto. Nada es más obvio que la muerte. De pronto y súbitamente, se abre la puerta y aparece un cadáver vivo, me refiero al capellán del Hospital. Un sujeto delgaducho, pálido, con cejas pobladas y más largas que el bigote de Dalí, con los ojos entreabiertos y recitando un responso. ¡Qué susto!, me da más miedo ver al cura de negro que al muerto de blanco.

Subo a la octava planta y caliento mi café. La enfermera me comenta una enferma joven que está a punto de caramelo (“de morirse, claro”) en la 813 (“uhm, tenía que ser la 13… ¡ominoso!). Se trata de una mujer de 45 años con un cáncer de mama terminal con metástasis hepáticas. Me dice que la ha cogido cariño, que es… ¿cómo decirlo? – “diferente a otros”. Voy a verla y abro la puerta. Se encuentra sola. Huele a muerte. Me acerco. La respiración es superficial pero con taquipnea. La toco el hombro y se vuelve. Me mira y sonríe. Reviso la medicación. El suero contiene suficiente morfina. La percibo ansiosa. Habla con monosílabos. Quiere hablar con su marido y su hija. Le comento que según la enfermera vendrán a estar con ella luego, a darla de cenar y a velarla por la noche. Ella queda más tranquila y vuelve a sonreír.

¡Qué bien se lo toman algunos! Salgo de la habitación y ¡Joder! ¡Otra vez el “busca”! ¡Exitus en la 205 (Geriatría)! Y ya son nueve. Me queda un muerto para superar el récord. Voy al Servicio de geriatría. Siempre me ha horrorizado ese Servicio. Los abuelos dementes, agitados, con sus delirantes lamentos. Parece el inframundo. El olor es de morirse. Se paladean las heces, el vómito, las curas de las úlceras por presión y la lejía. Siempre me ha llamado la atención unas enfermeras tan jóvenes y vivaces con unos viejos tan rancios y vetustos.

Suena el busca (¡Otra vez!) ¿Quién? La ¿813?, ¿Si acabo de ir a verla? Me precipito para alcanzar la habitación y efectivamente, la paciente ha muerto. No es reanimable. No tiene livideces, ni rigor mortis. Se encuentra en decúbito prono. En su mano encentro un pequeño papel que en el que se intuye un nombre o una escritura que dice algo así como FILIIZI, o FELIZ o FELIPE.

Su familia viene una media hora más tarde. Me piden explicaciones, pero cortésmente y con calma. Yo les comento que la mujer ha muerto en paz e incluso sonriendo, sin dolores. Además, ha dejado algo escrito para usted (señalando al marido), para… Felipe ¿Se llama usted así? –inquiero sutilmente y le entrego la pequeña nota. Guillermo, que así se llama el marido, lee el escrito, mira a su hija, la besa, se abrazan y lloran. Yo me alejo sigilosamente y me digo a mi mismo ¡Qué mierda de vida! ¡No somos nadie!

Guillermo me alcanza cogiéndome del codo y me dice, ¡Era una mujer extraordinaria!, ¡la nota es un versículo de la Biblia: “FIL 1:21”!

– ¿A sí? ¿Y qué dice? – Pregunté con curiosidad.

– “Para mí el vivir es Cristo y el morir ganancia” – y se alejó sonriéndole a la muerte.

Nunca olvidaré mi ciprés número 10.

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