3º Premio II Certamen Delirante relato corto: La Muerte y la esperanza

María Belén Vázquez (Madrid)

tralari1―¡Enfadado! ―gritó el profesor de historia nada más entrar en el aula.

La clase de segundo de bachillerato enmudeció.

Bajito, delgado, con el traje castaño y la corbata, con las gafas de culo de vaso y la sonrisa de triunfador. Fermín era, sin duda alguna, mi profesor favorito. Le teníamos por uno de esos maestros de la vieja escuela. Tal vez por su licenciatura en Filosofía y Letras, carrera que hacía ya tiempo que había dejado de existir. Quizás porque era el mayor de la plantilla del profesorado. Aunque puede que fuera cosa de aquel simpático ‹‹señorita Vázquez›› con el que se refirió a mí el primer día y que lo convirtió en una de las personas más entrañables que he conocido.

Era el que conocía las mil y una anécdotas de la historia de España; el que dejaba caer de vez en cuando bromas y comentarios, como que la ocupación francesa se debió en gran parte a la belleza de las mujeres españolas (y a la gastronomía); el que, cada vez que preguntaba en voz alta la lección anterior, soplaba las respuestas correctas al oído de quien no las sabía.

Le admirábamos y apreciábamos todos y cada uno de nosotros, ya no solo porque fuera un gran profesor –que lo era –, sino porque, además, era una gran persona. Lo veíamos en su modo de dar clase, en el gusto con que hablaba de su asignatura y en la alegría que transmitía siempre, dentro y fuera de clase.

Por cierto, entre muchas de sus virtudes y destrezas, gozaba de un oído privilegiado que captaba hasta el más mínimo susurro. De modo que aquel día, Fermín escuchó de entre la algarabía de voces, la mía cuando confirmaba a mi amiga Isabel que un amigo común estaba ‹‹enfadado››.

―¿Quién está enfadado? ―insistió Fermín.

Sin embargo, no esperó respuesta:― ¡No se puede enfadar uno, hombre! –Clavó su mirada penetrante en todos nosotros y sonrió –Cuando uno se enfada, cuenta hasta diez. Y si no funciona, abre la ventana de par en par, asoma la cabeza y grita con todas sus fuerzas: ‹‹¡Tralarí, tralará! ¡La vida es bella!››

A lo que siguió la carcajada general; la clase se removió entera, contenta con el inicio de la clase.Un año después, nos enteramos de la muerte de su mujer. Quién hubiera dicho que tantos universitarios se iban a presentar en su antiguo colegio un viernes por la tarde. Se celebraba allí una misa por la esposa de Fermín, en el pabellón deportivo, y los antiguos alumnos nos sentamos en el último banco y guardamos silencio absoluto durante toda la ceremonia. Fue una misa preciosa. Lo que ninguno de nosotros esperábamos fue el final, cuando un alumno de cuarto salió a leer una carta en representación de todos sus compañeros. Fue breve, justo y sincero. Aquel chico era la voz de quienes querían brindarle todo su apoyo, que sentían los disgustos que le hubieran podido ocasionar, que le agradecían su sonrisa permanente y el entusiasmo que transmitía y ponía en su trabajo. Por último, le pidieron:

―Y Fermín, no te olvides: ¡Tralarí, tralará! ¡La vida es bella!

tralari2En ese momento, volví la cabeza y me encontré con la mirada cómplice de amiga Silvia, que como yo, también lloraba. No obstante, no llorábamos por la tristeza; pese al dolor por nuestro profesor, nuestro amigo, Silvia y yo sonreíamos también.

La realidad se imponía ante nosotras como un signo, muy claro y evidente. Nuestras lágrimas las había robado la belleza. La belleza delirante de la vida de la que siempre habló Fermín, la belleza que le recordaban ahora aquellos adolescentes en esa circunstancia tan dura, la belleza de la que hablaba aquella misa. La belleza que, de un modo misterioso, nos había traído a todos allí. Y aquella belleza arrebatadora contenía una promesa infinita; más allá de la muerte, la esperanza.

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