lunes, septiembre 27, 2021

La cruz: enfoques liberadores más allá de la expiación

La muerte de Jesús crucificado en el monte Calvario es una joya de muchas caras, un acto que seguramente esconde más mensaje del que podemos captar. Siempre habrá aspectos de los planes de Dios que se nos escapan, pero ¿Qué es lo que nos enseña la cruz?

Por un lado, en el “cómo” murió Cristo encontramos lecciones importantes. Cuando se lleva a alguien al límite, a la máxima presión, surge la prueba desde la que se observa mejor cómo es realmente esa persona.

“¿Sabemos de qué seríamos capaces en una situación extrema a la que nunca nos hubiéramos enfrentado? ¿Somos realmente quienes creemos que somos?” Con estas preguntas comienza el programa Redes de Eduard Punset (TVE) en el que Philip Zimbardo, psicólogo de la Universidad de Stanford, expone aquel famoso experimento en el que “buenas personas” se convirtieron, en apenas cinco días, en horribles tiranos tras ser expuestos en un entorno de poder e inmunidad. Pero, ¿Y nosotros? ¿Hubiéramos actuado de modo diferente? Lo que el experimento mostró es que una mayoría incurre en el peor de los abusos de poder si nos colocan bajo una total ausencia de consecuencias legales o de prestigio desde donde poder sacar rédito personal. Solo tienen que llevarnos hacia ese lugar en el que aún no hemos estado.

En un Jesús bajo presión vemos, sin embargo, que su respuesta deriva en amor, compasión y perdón hacia unos enemigos torturadores que nos incluye a nosotros en cuanto hemos sido injustos, abusadores o hipócritas. Y esto ya es una enseñanza para nosotros. Es uno de los rayos luminosos del prisma de la cruz.

El misterio de la cruz

Entre esas caras que nos ofrece su muerte está aquella en la que Dios se ha interpuesto entre nosotros y quienes hemos dañado. Su perdón y ejemplo nos muestran que es posible la reconciliación y soltar el rencor que nos ata para ser libre. La muerte de Jesús puede parecernos absurda cuando la miramos como si no tuviera nada que ver con nosotros. Pero tiene que ver si nos percatamos de verdades acerca de nosotros que necesitamos explorar.

Brian Zahnd dice: «Hoy hablo de la cruz en estos términos… En la cruz Jesús tomó la culpa para salvarnos de culpar. En la cruz Jesús avergonzó a los principados y potestades de la religión de sacrificios y el poder violento (representados por Caifás y Pilato). […] En la cruz de Cristo el mundo es refundado desde un eje de poder impuesto por la violencia hacia un eje de amor expresado en el perdón. En la cruz Jesús da al mundo un Nuevo principio organizador: el Amor. En la cruz Jesús da al mundo un nuevo telos: la paz. En la cruz descubrimos un Dios que da forma al mundo, no por coerción, sino con amor. En su crucifixión Jesús alcanza la solidaridad con todos los que sufren. […] En la cruz Jesús se revela como un Dios que prefiere morir a matar a sus enemigos. La cruz es la alternativa de Dios a la espada. La cruz es la coronación del legítimo Rey del mundo. En la crucifixión comprendemos que Dios estaba en Jesús reconciliando al mundo consigo mismo… ¡no a la inversa! En la cruz Jesús no nos salva de Dios, nos revela a Dios. […] Miro la cruz para ver a Dios. No vengo a la cruz para encontrar una fórmula o una teoría. Vengo a la cruz para encontrar a Dios. El Dios crucificado [1]»

Doctrinas y perspectivas de la cruz

Afirmar que Jesús vino a morir en lugar nuestro para pagar la deuda que teníamos con un Dios airado por causa de nuestros pecados es uno de los enfoques teológicos que desde hace siglos domina el cristianismo. Pero, como dice Marcos Baker en Mucho más que una Cruz, no siempre fue así:

«¿Tuvo Dios que castigar a Jesús para que nos pudiera perdonar? ¿Es la cruz acaso un castigo que aplaca a Dios, que satisface las demandas de la justicia y que le permite por eso perdonar toda justicia? […] A lo largo de, al menos, los primeros mil años de la historia de la iglesia, la mayoría de los cristianos respondían de manera diferente”.

Los sacrificios rituales cuestionados

Aunque no todos los cristianos entienden lo mismo al hablar del asunto, la muerte sacrificial expiatoria fue una imagen muy poderosa. Presentar a Jesús como el último de los sacrificios, “el cordero que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29) pudo comprenderse claramente en una cultura dominada por templos, dioses y sacrificios.

Aunque muchos creyentes piensan que aplacar la ira divina mediante sacrificios era algo característico del Antiguo Testamento. Sí lo era en el paganismo, aunque en Levítico, el libro de los sacrificios en La Biblia, hay numerosas explicaciones acerca de cómo hacer el sacrificio. Per nunca se señalan como un pago sustitutivo para apaciguar la ira divina contra los humanos.

Marcus Borg comenta cómo “el sacrificio en tiempos bíblicos tenía muchos significados, ninguno de ellos basado en un carácter sustitutorio […] Había sacrificios de acción de gracias […], de petición […] Había también sacrificios de purificación. En ellos se deshacían de lo que fuera considerado impuro. Por ejemplo: Tras el nacimiento de un niño, la mujer era considerada impura durante cierto tiempo, y esa impureza era considerada impura durante cierto tiempo, y esa impureza era removida al ofrecer un sacrificio. Pero no se trataba de sacrificios por los pecados (parir un nuevo ser no era pecaminoso). Eran, pues, sacrificios para purificarse, no para redimir pecados. Había también sacrificios que tenían que ver con pecados o malos comportamientos. Alguien ofrecía un sacrificio, una ofrenda a Dios, como reparación, para recuperarse [2]”.

Para muchos intérpretes, referirse a Cristo como el último sacrificio, no equivale a validar el sistema sacrificial sino que más bien lo cuestiona. Aquí de nuevo el cristianismo es revolucionario, pues aquellos ritos sacrificiales derivaban en una religión vacua, rutinaria y poco transformadora en el día a día.

En este sentido cuestionador, el teólogo Bernard Sesboüé destaca lo llamativo “del sitio tan escaso que ocupa en los evangelios el tema sacrificial. La mención más significativa puesta en labios de Jesús es negativa. En cierta ocasión cita la fórmula de Oseas: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: «Misericordia quiero, que no sacrificio» (Mt 9, 13). En otra ocasión se refiere a la del libro de Samuel: «Amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33) [3].

Otras miradas desde el principio

El significado del Cordero pascual de la última cena no era aplacar la ira de Dios. La pascua recordaba la liberación de la esclavitud en Egipto. La sangre del dintel representa la vida señalando que la muerte no puede pasar por allí. Es el símbolo de un nuevo camino hacia la tierra prometida, una nueva alianza.

La literatura más conocida en tiempos de Jesús revela que los términos y conceptos relacionados actos sacrificiales también poseían significados diferentes a los que hoy les aplicamos tras siglos de teología y dogmas dominantes. En el libro de 4ª de Macabeos, por ejemplo, (incluido en la Septuaginta y en el canon bíblico de 250 millones de cristianos ortodoxos) la muerte de los mártires se considera un «rescate por los pecados de nuestro pueblo. Por la sangre de aquellos justos y por su muerte como sacrificio expiatorio, la divina providencia salvó al antes malvado Israel» (17, 20-21). Esto significa que morir sin renegar de Dios se consideraba un acto redentor y purificador en cuanto servía de ejemplo y guía para el pueblo hasta el final. La muerte expiatoria de los mártires avergüenza y derrota al enemigo en su propósito de doblegar a los hijos de Dios. Así que para los primeros cristianos judíos esta concepción menos rígida de la metáfora del sacrificio expiatorio también estaba en sus mentes cuando escuchaban hablar del rescate, la sangre, el sacrificio expiatorio, la victoria sobre el enemigo u otras citas relacionadas del Nuevo Testamento.

Problema: ¿Qué se entiende hoy por “expiación”?

Jesús no es literalmente un cordero. Ni su sangre física limpió nada. Para muchos teólogos es importante que la metáfora no se nos vaya de las manos y enfocarse en aquello que realmente representa. La sangre como elemento limpiador conectaba con culturas antiguas y tribales. Pero hoy la sangre no se percibe como un elemento limpiador o purificador sino, en todo caso, como algo sucio, gore y contaminante. Así que es importante qué imágenes y qué términos vamos a usar para anunciar la obra de Cristo a cada generación y contexto humano ¿Cómo contemplar las múltiples enseñanzas de la cruz hoy? Ese es el reto.

Bernard Sesboüé se percata de que la palabra “expiación” ni es popular ni se entiende como debió entenderse al comienzo:Si todavía se habla de expiar, se trata sobre todo en el sentido secular de sufrir un castigo […] Sin embargo, se da un matiz que diferencia el castigo y la expiación: el segundo término puede implicar la actitud moral del culpable que acepta la pena, ya que desea «reparar» su falta, en la medida en que le es posible. Si el castigo se limita a ser una sanción objetiva, la expiación puede ser la expresión de un arrepentimiento y el medio de una rehabilitación. Pero en el terreno social lo uno y lo otro se basan en la idea de una justicia cuyos derechos tienen que ser vengadosEn la palabra expiación siempre subyace una idea de venganza […] Es ésta, sin embargo, la idea que la revelación judeo-cristiana estaba llamada a convertir [4]”.

La importancia actual de las otras caras de la cruz

Fue sobre todo tras las disputas teológicas del siglo XII entre Anselmo de Canterbury (Jesús recibe la ira de Dios por nuestras culpas) y Abelardo (Jesús nos salva al fijarnos en él, al seguirle) que la jerarquía religiosa latina (Occidental) asumió como el enfoque válido la llamada sustitución penal, vicaria o sustitutiva (términos que no aparecen en el Nuevo Testamento), un proceso favorecido también por el concepto que por entonces se tenía de la justicia en el Occidente del derecho romano.

Pero entonces ¿Son posibles otras miradas de la muerte de Cristo desde La Biblia? ¿Nos hemos dejado algo por el camino?

Más allá de discutir aquí qué doctrina sobre la cruz deberíamos abrazar y por qué creer en ella (un debate muy interesante en el que no profundizaremos) es importante señalar -como estamos viendo- que la sustitución penal no es en cualquier caso el único enfoque de la cruz que nos muestra La Biblia. En el Nuevo Testamento no hay una construcción sistemática de la salvación de la cruz sino metáforas y perspectivas que varían en las cartas y en cada evangelio [5].

No estamos diciendo aquí que el enfoque penal sustitutorio de Jesús en la cruz sea una interpretación fallida. No. Estamos diciendo que el evangelio va más allá. Como dice Marcos Baker, “el evangelio no puede ser capturado por completo en una sola explicación. […] Cada uno de nosotros, como individuo, está perdido y esclavizado de más de una manera; necesitamos del rescate y la liberación de Dios en más de una forma [6]”.

Baker habla de cómo las personas que aún teme a los espíritus malignos, por ejemplo, necesita ser liberada de esta opresión. Y por mucho que se hayan arrepentidos de sus pecados y afirmen que su deuda con Dios fue cancelada, su temor a las fuerzas ocultas puede seguir manteniéndolos oprimidos y esclavizados. Pero no todos viven en la cárcel de ese miedo ¿Se entiende por qué no podemos tapar ni relegar los diferentes lados del prisma?

Otra cara de la salvación de la cruz va dirigida a aquellos que viven ahogados en su culpa. Esta luz está dirigida principalmente a aquellos que continuamente se auto desprecian y piensan que todo lo hacen mal. Este enfoque es para la chica de 13 años que sufre bulling y que está al borde del suicidio pensando acerca de sí misma como basura. Para ella el enfoque más inmediato de la cruz no pasa por tratar de convencerla de que es una repudiable pecadora merecedora de una tortura eterna por causa de sus abominables pecados. No. Cuando un predicador moderno predica de este modo generalista se olvida que Jesús nunca abordó así a los despreciados, sufrientes y oprimidos. Jesús no destrozaba aún más a los perdedores sino que los rescataba para convertirlos en ganadores.

Marcos Baker confía en que los últimos 1000 años de dominación teológica occidental bajo la doctrina expiatoria como cuasi-única lectura de la cruz no impidan que seamos vigorizados por otros enfoques libertadores que los evangelios también nos muestran claramente. Podemos hablar del poder perdonador de la cruz pero sin olvidarnos que ya había perdón, salvación y consuelo en Jesús antes de la cruz. Los religiosos se escandalizaban cuando Jesús decía “tus pecados quedan perdonados” (Lucas 5, 20). Ocurría a menudo en sus encuentros con aquellos necesitados que venían en busca de restauración y consuelo. Pero Jesús no les suele pedir que hagan una oración de arrepentimiento antes de recibir perdón o sanación. No. Jesús actúa muy distinto a las expectativas de la religión del control humano de hoy y de ayer. Por eso chocaba con los fariseos. Jesús salva a quienes se le acercan en los relatos previos a la cruz: “¡Tu fe te ha salvado!” (Mc. 5, 34; Lc. 7, 50) y otras frases similares son comunes en sus encuentros con los perdidos.

No vemos en Las Escrituras que a la mujer con hemorragia crónica que pidió sanidad se la llamase previamente al arrepentimiento. Cuando ella toca su manto y pide ser curada, Jesús se gira y le dice “Ánimo, hija, tu fe te ha salvado” (Mateo 9, 20). Todo el capítulo 9 de Mateo (y es solo un ejemplo) muestra un Jesús que sana, perdona y restaura ante la indignación del poder religioso. Sí, igual que ocurre hoy. En ninguno de estos encuentros personales Jesús llama al arrepentimiento de los pecados… Pero ¿Acaso no pecaban? Claro que sí. Todos pecamos. Y esto es algo que en ocasiones es recordado por el Maestro al perdonar; “Vete y no peces más”. Pero lo que vemos casi siempre es que los marginados y desvalidos comienzan a ser liberados desde el lado del prisma formado por la compasión y la aceptación incondicional. Luego, más adelante, llegarán otras luces del prisma. Todo en el tiempo de Dios.

Aquellos que ante estas escenas de gracia rápidamente hoy añaden un “ya, ya… sí, sí… pero Dios también es justicia, ira… etc.”… suelen sentirse incómodos con estos encuentros de Jesús. Pero ¿Por qué? Quienes se ven en la obligación moral de  rellenar continuamente los “huecos en blanco” de las palabras de Jesús aún no han percibido la dimensión real de la liberación que los evangelios muestran con naturalidad y sencillez. Jesús solía reservar ese prisma de condenación para los religiosos hipócritas y desatendidos del prójimo. Pero añadir estos “peros” genéricos es más bien un síntoma de falta de fe en el poder  soberano de Dios ¿O acaso no hay mayor acontecimiento para liberarse del pecado que ser aceptado y perdonado incondicionalmente por Jesús?

Hace poco escuché una predicación sobre el carcelero que pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hch. 16, 30) y la consiguiente la respuesta de los apóstoles: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (v. 31). Quien predicaba dedicó la mayoría de su exposición a especular con lo que el texto no dice presuponiendo que los apóstoles debieron hablarle de inmediato al carcelero acerca del arrepentimiento y del infierno. Pero ¿¡Por qué este miedo a aceptar el perdón incondicional!?

¿El evangelio debe ofender?… No siempre

Escucho a cristianos decir con frecuencia que el evangelio completo debe ofender. Pero esto no es cierto. El evangelio a veces ofenderá y otras no. Curiosamente, la ofensa más común por parte de Jesús se produce entre aquellos que representaban oficialmente la religión “verdadera” de su época. Y esto es algo que se repite hoy.

Alguien que abusa de menores debe saber que su pecado es muy grave (aunque a menudo ya lo saben) y que debe pagar por ello en vida. Y es que el evangelio también confronta y llama al arrepentimiento, claro. También al cristiano que explota a sus trabajadores, es ocioso, avaro o defrauda al fisco.

Se necesitan otros lados del prisma

La doctrina de la sustitución penal en la cruz como un todo es un enfoque incompleto del evangelio también porque no incluye la resurrección.

Como hemos ido viendo, ni la salvación ni el resto de la gracia divina no empezaron ni acabaron en la cruz. Él énfasis en el sacrificio expiatorio como si fuera “el todo” también tiene el peligro de derivar en una minusvaloración del poder de la vida de Jesús y sus hechos. Muchos cristianos que repiten continuamente que “Jesús vino a morir por tus pecados” ponen en un segundo pleno algunas enseñanzas y ejemplo de Jesús durante su vida. Esto es relativizar el Reino de Dios que ya se ha acercado para liberar a los cautivos aquí y ahora. La esperanza de que Jesús vuelva es parte esencial de nuestra fe. Pero centrarse excesivamente en un Cielo al que todavía no hemos llegado puede ser un pecado de omisión con el prójimo tal y como también dice Jesús.

En la cruz no se produce el envío de ese otro indispensable, el Espíritu Santo, que desciende en Pentecostés para convencer al mundo de pecado, a la justicia, juicio y guiarnos a toda verdad (Juan 16).

La faceta expiatoria de la cruz pudiera tener cierto encaje en nuestra cultura altamente individualista: “Jesús murió por ti”. Pero esto tampoco abarca el sentido comunitario y la responsabilidad colectiva que tanto enfatizan Las Escrituras y que se dirigen a la iglesia como cuerpo de Cristo. Que Jesús hiciera esto por ti ayuda a tu “yo” pero de nuevo no recoge todo el significado de la obra de Cristo.

La cruz va más allá también de todo lo que aquí hemos dicho acerca de otros lados del prisma. Jesús nos enseña con su variopinta manera de actuar que el evangelio completo es Él mismo. La vida abundante que quita la sed no es una fórmula teológica sistematizada que todos deben asumir desde el primer minuto. Es un agua que atiende la sed apremiante de cada individuo. Es posible que algunas agencias cristianas y actos evangelísticos necesiten contabilizar cuantas personas nacen de nuevo en aquella campaña de vehemente predicación. Pero el Reino de Dios es otra cosa. El mensaje de Jesús es un “Ven, sígueme” mucho más natural y sobrenatural a la vez. No está encasillado. Llamar a repetir la oración del pecador (¿Quién inventaría tal cosa?) no es lo que vemos en los encuentros salvadores de Jesús. Ni en el resto de La Biblia. El seguimiento de Jesús es el comienzo de un camino que valida la experiencia de salvación. No es mercadotecnia sino un encuentro personal con el Señor y Salvado. La cruz no puede ser domesticada, adorada ni reducida. Solo Dios puede salvarnos.

[1] Traducción: Luciana Cacciola / Edición: RSV en https://laconversacionencurso.org/traducciones/brian-zahnd-2/el-dios-crucificado/

[2] Marcus Borg, Hablando en cristiano, PPC, 2013, p. 112

[3] Bernard Sesboüé, Jesucristo el único mediador, Secretariado Trinitario, 1990, pp. 285-286

[4] ibid pp. 315-317

[5] Juan Esteban Londoño, ¿Por qué murió Jesús?: perspectivas teológicas, Lupaprotestante.com 18/05/2017

[6] Marcos Baker, Mucho más que una Cruz: Imágenes de la Salvación para diversos contextos, Juanuno1, 2019, p. 15

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