sábado, mayo 28, 2022

La cruz: enfoques liberadores más allá de la expiación

La muerte de Jesús crucificado es una joya de muchas caras, un evento con más implicaciones y mensaje de lo que podemos captar, pero ¿Qué nos enseña la cruz?

Por un lado, en el “cómo” murió Cristo encontramos lecciones importantes. Cuando se lleva a alguien a su límite, a la máxima presión, se observa mejor cómo es realmente esa persona.

“¿Sabemos de qué seríamos capaces en una situación extrema a la que nunca nos hubiéramos enfrentado? ¿Somos realmente quienes creemos que somos?” Con estas preguntas comenzaba el programa Redes  (TVE) acerca del experimento de Philip Zimbardo, psicólogo de la Universidad de Stanford. Su resultado fue que “buenas personas” se convirtieron, en apenas cinco días, en horribles tiranos tras haber sido expuestos a un entorno de poder e inmunidad. Pero, ¿Y nosotros? ¿Hubiéramos actuado diferente? Lo que el experimento mostró es que una mayoría de «buena gente» podemos cometer acciones terribles que no imaginamos si nos colocan bajo una total ausencia de consecuencias legales o de perjuicio de nuestra imagen ¿Sería así conmigo? Lo mejor es que no nos lleven nunca a ese lugar en el que aún no hemos estado.

Sin embargo, en un Jesús bajo brutal presión vemos que su respuesta es amor, compasión y perdón hacia sus enemigos entre los que nos encontramos nosotros cuando hemos sido injustos, aprovechados o hipócritas. Esta reconciliación ya es una enseñanza para nosotros. Es uno de los múltiples rayos luminosos del prisma de la cruz.

El misterio de la cruz

Otra cara de su muerte nos muestra que Dios se ha interpuesto entre nosotros y quienes hemos dañado. Su perdón y ejemplo nos muestran que es posible soltar el rencor para ser libre. La muerte de Jesús puede parecernos absurda cuando la miramos como si no tuviera nada que ver con nosotros. Pero está llena de verdades acerca de nosotros que necesitamos explorar.

Brian Zahnd dice: «Hoy hablo de la cruz en estos términos… En la cruz Jesús tomó la culpa para salvarnos de culpar. En la cruz Jesús avergonzó a los principados y potestades de la religión de sacrificios y el poder violento (representados por Caifás y Pilato). […] En la cruz de Cristo el mundo es refundado desde un eje de poder impuesto por la violencia hacia un eje de amor expresado en el perdón. En la cruz Jesús da al mundo un Nuevo principio organizador: el Amor. En la cruz Jesús da al mundo un nuevo telos: la paz. En la cruz descubrimos un Dios que da forma al mundo, no por coerción, sino con amor. En su crucifixión Jesús alcanza la solidaridad con todos los que sufren. […] En la cruz Jesús se revela como un Dios que prefiere morir a matar a sus enemigos. La cruz es la alternativa de Dios a la espada. La cruz es la coronación del legítimo Rey del mundo. En la crucifixión comprendemos que Dios estaba en Jesús reconciliando al mundo consigo mismo… ¡no a la inversa! En la cruz Jesús no nos salva de Dios, nos revela a Dios. […] Miro la cruz para ver a Dios. No vengo a la cruz para encontrar una fórmula o una teoría. Vengo a la cruz para encontrar a Dios. El Dios crucificado [1]»

Doctrinas y perspectivas de la cruz

Afirmar que Jesús vino a morir en lugar nuestro para pagar la deuda que teníamos con un Dios airado por causa de nuestros pecados es uno de los enfoques teológicos que desde hace siglos domina el cristianismo. Pero, como dice Marcos Baker en Mucho más que una Cruz, no siempre fue así:

«¿Tuvo Dios que castigar a Jesús para que nos pudiera perdonar? ¿Es la cruz acaso un castigo que aplaca a Dios, que satisface las demandas de la justicia y que le permite por eso perdonar toda justicia? […] A lo largo de, al menos, los primeros mil años de la historia de la iglesia, la mayoría de los cristianos respondían de manera diferente”.

Los sacrificios rituales cuestionados por Jesús

Aunque no todos los cristianos entienden lo mismo al referirse al asunto del sacrificio, la muerte expiatoria fue una imagen muy poderosa. Presentar a Jesús como el último de los sacrificios, “el cordero que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29) pudo comprenderse muy bien en una cultura dominada por templos, dioses y sacrificios.

Aunque muchos creyentes piensan que aplacar la ira divina mediante sacrificios era algo característico del Antiguo Testamento, la realidad es otra. Sí era común en el paganismo. En Levítico, el libro de los sacrificios en La Biblia, vemos numerosas explicaciones acerca de cómo hacer el sacrificio. Pero nunca se señalan como un pago sustitutivo para apaciguar la ira divina contra los humanos.

Marcus Borg comenta cómo “el sacrificio en tiempos bíblicos tenía muchos significados, ninguno de ellos basado en un carácter sustitutorio […] Había sacrificios de acción de gracias […], de petición […] Había también sacrificios de purificación. En ellos se deshacían de lo que fuera considerado impuro. Por ejemplo: Tras el nacimiento de un niño, la mujer era considerada impura durante cierto tiempo, y esa impureza era considerada impura durante cierto tiempo, y esa impureza era removida al ofrecer un sacrificio. Pero no se trataba de sacrificios por los pecados (parir un nuevo ser no era pecaminoso). Eran, pues, sacrificios para purificarse, no para redimir pecados. Había también sacrificios que tenían que ver con pecados o malos comportamientos. Alguien ofrecía un sacrificio, una ofrenda a Dios, como reparación, para recuperarse [2]”.

Para muchos, referirse a Cristo como el último sacrificio, no equivale a validar el sistema sacrificial sino más bien a cuestionarlo y ponerle fin. Aquí de nuevo el cristianismo es revolucionario, pues aquellos ritos sacrificiales finalmente derivaban en una religión vacua, rutinaria y poco transformadora en el día a día.

En este sentido cuestionador, el teólogo Bernard Sesboüé destaca lo llamativo “del sitio tan escaso que ocupa en los evangelios el tema sacrificial. La mención más significativa puesta en labios de Jesús es negativa. En cierta ocasión cita la fórmula de Oseas: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: «Misericordia quiero, que no sacrificio» (Mt 9, 13). En otra ocasión se refiere a la del libro de Samuel: «Amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33) [3].

Otras miradas de la sangre y el sacrificio expiatorio

El cordero pascual de la última cena no es un sacrificio para aplacar la ira de Dios sino que recuerda la liberación de la esclavitud en Egipto. La sangre del dintel proclama una nueva alianza en la que la muerte no tiene acceso.

La literatura más conocida en tiempos de Jesús revela que los términos y conceptos relacionados actos sacrificiales también poseían significados diferentes a los que hoy les aplicamos tras siglos de teología y dogmas dominantes. En el libro de 4ª de Macabeos, por ejemplo, (incluido en la Septuaginta y en el canon bíblico de 250 millones de cristianos ortodoxos) la muerte de los mártires se considera un «rescate por los pecados de nuestro pueblo. Por la sangre de aquellos justos y por su muerte como sacrificio expiatorio, la divina providencia salvó al antes malvado Israel» (17, 20-21). Esto significa que morir sin renegar de Dios se consideraba un acto redentor y purificador en cuanto que servía de ejemplo y guía para el pueblo hasta el final de su vidas. La muerte expiatoria de los mártires avergüenza y derrota al enemigo en su propósito maligno de doblegar a los hijos de Dios. Así que para los primeros cristianos judíos esta concepción de la metáfora del sacrificio expiatorio también estaba en sus mentes cuando escuchaban hablar del rescate, la sangre, la victoria sobre el enemigo u otras citas relacionadas que vemos en el Nuevo Testamento.

Problema: ¿Qué se entiende hoy por “expiación”?

Todos estamos de acuerdo en que Jesús no es literalmente un cordero y que su sangre material no limpió nada. Aquella sangre simplemente cayó de su cuerpo martirizado formando quizás un charco absorbido por la tierra días después. Sin embargo, la sangre como elemento purificador conectaba con aquellas culturas antiguas. Se entendía muy bien. Pero hoy no se percibe como un elemento limpiador sino una imagen de algo sucio, gore o contaminante. Es importante pensar qué símbolos usaremos hoy para explicar sin malos entendidos la obra salvadora de Cristo a cada generación ¿Cómo exponer y admirar las múltiples enseñanzas de la cruz hoy? Ese un reto.

Bernard Sesboüé se percata de que la palabra “expiación” ni es popular ni se entiende hoy como debió entenderse al comienzo:Si todavía se habla de expiar, se trata sobre todo en el sentido secular de sufrir un castigo […] Sin embargo, se da un matiz que diferencia el castigo y la expiación: el segundo término puede implicar la actitud moral del culpable que acepta la pena, ya que desea «reparar» su falta, en la medida en que le es posible. Si el castigo se limita a ser una sanción objetiva, la expiación puede ser la expresión de un arrepentimiento y el medio de una rehabilitación. Pero en el terreno social lo uno y lo otro se basan en la idea de una justicia cuyos derechos tienen que ser vengadosEn la palabra expiación siempre subyace una idea de venganza […] Es ésta, sin embargo, la idea que la revelación judeo-cristiana estaba llamada a convertir [4]”.

La importancia actual de las otras caras de la cruz

Fue sobre todo tras las disputas teológicas del siglo XII entre Anselmo de Canterbury (él decía que Jesús recibe la ira de Dios por nuestras culpas) y Abelardo (Jesús nos salva al fijarnos en él, al seguirle) que la jerarquía religiosa occidental asumió el enfoque de la llamada sustitución penal, vicaria o sustitutiva (términos que no aparecen en el Nuevo Testamento). Este proceso fue favorecido también por el concepto que en aquel momento se tenía de la justicia del derecho romano.

Pero entonces ¿Son posibles otras miradas de la muerte de Cristo desde La Biblia? ¿Nos hemos dejado algo por el camino? Más allá de discutir aquí qué doctrina sobre la cruz deberíamos abrazar y por qué creer en ella (un debate interesante en el que no profundizaremos) es importante señalar -como estamos viendo- que la sustitución penal no es en cualquier caso el único enfoque que muestra La Biblia. En el Nuevo Testamento no hay una construcción sistemática de la salvación de la cruz sino metáforas y perspectivas que varían en cada carta y evangelio [5].

No estamos diciendo que el enfoque penal sustitutorio de Jesús en la cruz sea una interpretación fallida. No. Decimos que el evangelio va en cualquier caso más allá. Como dice Marcos Baker, “el evangelio no puede ser capturado por completo en una sola explicación. […] Cada uno de nosotros, como individuo, está perdido y esclavizado de más de una manera; necesitamos del rescate y la liberación de Dios en más de una forma [6]”.

Unos temen al mal, otros no sienten culpa, otros son machacados por ella, otros…

Baker habla de que las personas que temen a los espíritus malignos, por ejemplo, necesitan ser liberadas de esta opresión (algo común en lugares de África). Y por mucho que se hayan arrepentidos de sus pecados su temor a las fuerzas ocultas puede seguir manteniéndolos oprimidos y esclavizados. Pero no todos viven en la cárcel de ese miedo ¿Se entiende por qué no podemos minusvalorar los diferentes lados del prisma?

Otra cara va dirigida a aquellos que viven ahogados en su culpa. Esta luz está dirigida principalmente a aquellos que continuamente se auto desprecian y piensan que todo lo hacen mal. Este enfoque es para la chica de 13 años que sufre bulling y que está al borde del suicidio pensando en sí misma como basura. Para ella el enfoque más inmediato de la cruz no pasa por tratar de convencerla de que es una vil pecadora merecedora de tortura eterna por sus abominables pecados. No. Cuando un predicador moderno predica de este modo condenatorio se olvida que Jesús nunca abordó así a los despreciados, sufrientes u oprimidos. Jesús no destrozaba aún más a los «perdedores» sino que los rescata. Que Dios nos dé sabiduría para saber cómo proceder con cada persona cuando nos acercamos a compartir a Jesús.

Marcos Baker confía en que los últimos 1000 años de dominación teológica occidental bajo la doctrina expiatoria no impida que seamos vigorizados por otros enfoques libertadores de la cruz que los evangelios también nos muestran. Podemos hablar del poder perdonador de la cruz pero sin olvidarnos que ya había perdón, salvación y consuelo en Jesús antes de la cruz. Los religiosos se escandalizaban cuando Jesús decía “tus pecados quedan perdonados” (Lucas 5, 20). Ocurría en sus encuentros con necesitados que venían en busca de restauración y consuelo. Y Jesús no les suele pedir que hagan una oración de arrepentimiento antes de recibir perdón o sanación. No. Jesús actúa distinto de las expectativas de la religión controladora de hoy y de ayer. Jesús salva a quienes se le acercan antes ya de la cruz: “¡Tu fe te ha salvado!” (Mc. 5, 34; Lc. 7, 50).

Cuando la mujer con hemorragia crónica que toca su manto y pide ser curada, Jesús se gira y le dice “Ánimo, hija, tu fe te ha salvado” (Mateo 9, 20). Todo el capítulo 9 de Mateo (por ejemplo) muestra un Jesús que sana, perdona y restaura ante la indignación del poder religioso. Sí, igual que hoy. Y en ninguno de estos encuentros llama al arrepentimiento de los pecados… Pero ¿Acaso no pecaban? Claro que sí. Todos pecamos. Y esto es algo que en ocasiones recuerda Jesús: “Vete y no peces más”. Pero los marginados y desvalidos normalmente comienzan a ser liberados desde el lado del prisma formado por la compasión y la aceptación.

Como observa Jennifer Bashaw “A diferencia de Pablo, los evangelios no están especialmente preocupados en explicar qué se logró con la muerte de Jesús. Los evangelios describen las circunstancias de su muerte […] y centran el interés en Su vida para transmitirnos en qué consiste la salvación de Dios. En cada evangelio vemos diferentes caras y énfasis de esa salvación. Por mencionar algunos, en Marcos los enfermos son sanados, los hambrientos alimentados y los atrapados por las fuerzas espirituales son liberados. Jesús muestra su poder sobre la naturaleza y la muerte dando una idea de cómo es la vida bajo el reino de Dios.

En qué consiste el Reino mesiánico que ya se ha acercado es un énfasis de Mateo. En Lucas vemos cómo Zaqueo se arrepiente de sus actos deshonestos y económicamente depredadores. Cuando él promete dar su riqueza a quienes había agraviado, Jesús anuncia: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lucas 19, 9 ). […] La salvación implica un cambio de vida para alguien que ha estado atrapado por los poderes explotadores del imperio y la codicia. En Juan la salvación mediante el amor de Dios satura la narración […] La vida eterna es una cualidad de la vida, una participación en el amor divino en el aquí y ahora. El énfasis es más experiencial que intelectual: creer en Jesús se manifiesta en el amor y en seguir a Jesús.

Si no consideramos los evangelios cuando construimos una teología de la salvación, corremos el riesgo de reducir las buenas nuevas a proposiciones abstractas sobre el juicio y la justificación. Los Evangelios nos ofrecen narraciones ricas y profundas verdades teológicas que nos ayudan a comprender mejor la salvación. Nos recuerdan que la historia de la redención de la que somos parte es mucho más grande, mucho más compleja y mucho más hermosa de lo que podríamos haber imaginado [7]

Aquellos que ante estas escenas de gracia rápidamente añaden un “ya, ya… sí, sí… pero Dios también es justicia, ira… etc.” … suelen sentirse incómodos con estos encuentros de Jesús. Pero ¿Por qué? Quienes se ven en esta obligación psicológica de rellenar continuamente los “huecos en blanco” en estos encuentros aún no han percibido ni entendido la dimensión real de la liberación que los evangelios muestran con este poder, naturalidad y sencillez. Precisamente Jesús solía reservar el prisma de la condenación a los religiosos hipócritas y desatendidos de la compasión al prójimo.

Hace poco escuché una predicación sobre el carcelero que pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hch. 16, 30) y la consiguiente la respuesta de los apóstoles: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (v. 31). Quien predicaba dedicó la mayoría de su exposición a presuponer que los apóstoles debieron haber explicado al carcelero de inmediato el arrepentimiento y del infierno ¡Pero el texto no dice nada de eso! ¿Por qué tanta incomodidad con tantas escenas y encuentros con Dios? Creo que añadir estos “peros” es a menudo un síntoma de falta de fe en el poder de Dios y en lo que leemos en Su Palabra ¿O acaso no hay mayor acontecimiento liberador de la seducción del pecado que ser aceptado y perdonado incondicionalmente por Jesús?

¿El evangelio debe ofender?… No siempre

Escucho a cristianos decir que el evangelio completo debe ofender. Pero esto no es cierto. El evangelio a veces ofenderá y otras no. Curiosamente, la ofensa de Jesús se produce sobre todo entre quienes representan la religión “verdadera” de su época. Igual que hoy, otra vez.

Alguien que abusa de menores debe saber que su pecado es muy grave (aunque a menudo ya lo sabe) y que debe pagar por ello en esta vida. El evangelio también confronta y llama al arrepentimiento, claro. También al cristiano que explota a sus trabajadores, al ocioso, avaro o a quien defrauda al fisco. Son lados del prisma reales que requieren discernimiento para su aplicación.

Se necesitan otros lados del prisma

Todos los brillos del diamante son necesarios. Incluso resaltar a “Jesús muriendo por nuestros pecados” es también un enfoque incompleto del evangelio porque no incluye la resurrección. Y como Pablo dice, “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1ª Co. 15, 17).

En la cruz tampoco se produce el envío de ese otro indispensable, el Espíritu Santo que desciende en Pentecostés para convencer al mundo de pecado, justicia y guiarnos a toda verdad (Juan 16).

Como vemos, ni la salvación ni la gracia empezaron ni acabaron en la cruz. Él énfasis en el sacrificio expiatorio como “el todo” también corre el peligro de minusvalorar el poder de la vida de Jesús y sus hechos, el Reino de Dios que ya se ha acercado para liberar cautivos aquí y ahora.

La cruz va más allá incluso de todo lo que aquí hemos dicho. Jesús nos enseña con su variopinta manera de actuar con cada persona y circunstancia que el evangelio completo es Él mismo. La vida abundante que quita la sed no son fórmulas sistemáticas que todos deben asumir como el paso 1 antes de abrazarle. Él es el agua incontenible que atiende la sed apremiante de cada individuo. El mensaje de Jesús es un “Ven, sígueme” no encasillado. El seguimiento de Jesús es el comienzo de un camino que valida la experiencia de salvación. La cruz no puede ser domesticada, adorada ni reducida. Solo Dios puede salvarnos.

[1] Traducción: Luciana Cacciola / Edición: RSV en https://laconversacionencurso.org/traducciones/brian-zahnd-2/el-dios-crucificado/

[2] Marcus Borg, Hablando en cristiano, PPC, 2013, p. 112

[3] Bernard Sesboüé, Jesucristo el único mediador, Secretariado Trinitario, 1990, pp. 285-286

[4] ibid pp. 315-317

[5] Juan Esteban Londoño, ¿Por qué murió Jesús?: perspectivas teológicas, Lupaprotestante.com 18/05/2017

[6] Marcos Baker, Mucho más que una Cruz: Imágenes de la Salvación para diversos contextos, Juanuno1, 2019, p. 15

[7] Traducido y extraído de: https://peteenns.com/what-the-gospels-teach-us-about-salvation/

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