miércoles, octubre 5, 2022

Evangelio y tópicos acerca de la cruz

La muerte de Jesús crucificado como acontecimiento es una joya de muchas caras, con múltiples implicaciones y mensajes. Pero ¿Hay enseñanzas esenciales marginadas? ¿Es la cruz el todo o una parte del evangelio? ¿Otorgamos a la crucifixión sentidos diferentes a los que consideraron en el primer siglo?

Un evento con muchas caras

En primer lugar, en el “cómo” murió Jesús ya encontramos revelaciones importantes. Cuando una persona es llevada a su límite, a máxima presión, se observa mejor cómo es realmente. Y él responde con comprensión y perdón hacia sus enemigos. Esta lección de reconciliación es uno de los múltiples rayos luminosos de la cruz. Pero hay muchos más.

Brian Zahnd dice que «en la cruz Jesús avergonzó a los principados y potestades de la religión de sacrificios y el poder violento […] En la cruz de Cristo el mundo es refundado desde un eje de poder impuesto por la violencia hacia un eje de amor expresado en el perdón […] Descubrimos un Dios que da forma al mundo, no por coerción, sino con amor. En su crucifixión Jesús alcanza la solidaridad con todos los que sufren […] Es la alternativa de Dios a la espada, la coronación del legítimo Rey del mundo. En la crucifixión comprendemos que Dios estaba en Jesús reconciliando al mundo consigo mismo… ¡no a la inversa! […] Miro la cruz para ver a Dios. No vengo a la cruz para encontrar una fórmula o una teoría[1]».

Sangre y expiación en el siglo I

La muerte como acción expiatoria fue una imagen especialmente poderosa para su tiempo. Presentar a Jesús como el último de los sacrificios, “el cordero que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29) fue un concepto relevante para una cultura de templos y sacrificios.

¿Qué les venía exactamente a la mente de los receptores del Nuevo Testamento al escuchar términos sobre la expiación? ¿Entenderían lo mismo que nosotros? Consideremos, por ejemplo, 4ª de Macabeos, un libro de la Septuaginta y del canon bíblico actual de 250 millones de cristianos ortodoxos. El relato era muy conocido por los primeros cristianos judíos. Allí la muerte de los mártires se describe como el «rescate por los pecados de nuestro pueblo. Por la sangre de aquellos justos y por su muerte como sacrificio expiatorio, la divina providencia salvó al antes malvado Israel» (17, 20-21). Como vemos, en 4ª de Macabeos la salvación se relaciona con no renegar de Dios hasta la muerte tal y como Jesús también comentó (Mateo 10, 22 y 39). Ser fiel hasta el final de la misión también implicaba que la vida entregada servía de ejemplo y guía para un Israel indigno. La  fidelidad de estos hombres también era expiatoria en cuanto avergonzaba y derrotaba al enemigo en su propósito de doblegar a los hijos de Dios.

Estos conceptos y otros similares resonaban en las cabezas muchos de los primeros cristianos  judíos cuando escuchaban a un Pablo también educado en el judaísmo  hablando del rescate, la sangre o la expiación.

Los sacrificios rituales cuestionados por Jesús

Referirse a Cristo como el último sacrificio finaliza con el rutinario sistema religioso. Y aquí el cristianismo vuelve a ser revolucionario, pues aquellos ritos derivaban en una religión poco transformadora tal y como algunos profetas del Antiguo Testamento ya habían denunciado. Bernard Sesboüé destaca lo llamativo “del sitio tan escaso que ocupa en los evangelios el tema sacrificial. La mención más significativa puesta en labios de Jesús es negativa. En cierta ocasión cita la fórmula de Oseas: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: «Misericordia quiero, que no sacrificio» (Mt 9, 13). En otra ocasión se refiere a la del libro de Samuel: «Amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33)[2]

¿Y qué de la sociedad actual? ¿Qué entienden quienes hoy nos escuchan hablar de sangre, corderos inmolados o muerte expiatoria?

¿Qué se entiende hoy por “expiación”?

Sabemos que Jesús no es literalmente un cordero y que su sangre compuesta por glóbulos y plaquetas no limpió nada material. Sin embargo, la sangre como elemento purificador poseía por entonces un poderoso contenido simbólico… del que hoy carece. Actualmente la sangre no se percibe como un elemento limpiador sino más bien como algo gore, contaminante o como una imagen de venganza. Por eso es vital pensar en qué símbolos deberíamos usar hoy para anunciar un evangelio relevante y comprensible a nuestra generación como hizo Pablo con la suya.

Bernard Sesboüé cree que la palabra “expiación” ni es popular ni se entiende hoy como debió comprenderse al comienzo del cristianismo: En la palabra expiación siempre subyace [hoy] una idea de venganza […] Es ésta, sin embargo, la idea que la revelación judeo-cristiana estaba llamada a convertir[3]”. Los matices son importantes. Y la expiación de Jesús no era tanto la exigencia de un castigo como reconciliar al pueblo.

La importancia de las otras caras de la cruz

en el Nuevo Testamento no hay una construcción sistemática de la salvación de la cruz. Existen metáforas y perspectivas que varían según cada carta y evangelio[4]. Rafael Aguirre recuerda que “la cruz era un patíbulo especialmente deshonroso y vergonzoso […] Los dioses inmortales de Grecia y Roma no tienen absolutamente nada en común con la cruz, que es un signo de vergüenza […] La cruz invierte los valores vigentes y hace del débil el punto de referencia del comportamiento de todos  […] Tanto al apóstol como a la comunidad se contrapone lo que el mundo tiene por sabio, fuerte y honorable. El mismo apóstol se reivindica ante las críticas apelando a la debilidad de la cruz. […] Puede presentarse como ejemplo a imitar[5]”. Diga el débil ¡Fuerte soy! es otro enfoque importante de la cruz.

Unos temen a los espíritus, otros atados por la culpa, otros no sienten culpa, otros…

Marcos Baker expone algo vital: “el evangelio no puede ser capturado por completo en una sola explicación. […] Cada uno de nosotros, como individuo, está perdido y esclavizado de más de una manera[6]”. Las personas que temen a los espíritus malignos, por ejemplo, necesitan ser liberadas de esta opresión (algo común en África, Asia u Oceanía).

Otra cara de la joya va dirigida a quienes viven ahogados en su culpa, a quienes creen que todo lo hacen mal. Pensemos en la chica de 13 años que sufre bulling, al borde del suicidio y pensando de sí misma como una basura. Para ella un enfoque inmediato sabio de la cruz no es convencerla de que es una vil pecadora merecedora de castigo eterno. No. Cuando un predicador expone sistemáticamente este enfoque condenatorio sin atender a las individualidades de su auditorio activa un mecanismo potencialmente peligroso para muchas almas golpeadas por el autodesprecio. El problema de muchos predicadores es que generalizan. Pero Jesús nunca abordó así a los despreciados y oprimidos. Él los rescata desde un acercamiento compasivo y restaurador ¡Que Dios nos dé sabiduría para saber cómo proceder con cada persona!

La salvación en Jesús antes de la cruz

El perdón en la crucifixión es fundamental. Pero los evangelios muestran que Jesús perdonaba y salvaba antes de la cruz. Los religiosos se escandalizaban cuando él decía “tus pecados quedan perdonados” (Lucas 5, 20) en sus encuentros con muchos perdidos. Jesús salva a quienes se le acercan, antes, durante y después de la cruz. Cuando la mujer con hemorragia crónica toca su manto pidiendo ser curada, Jesús se gira y le dice: “hija, tu fe te ha salvado” (Mateo 9, 20). El capítulo 9 de Mateo muestra cómo sana y restaura ante la indignación del poder religioso. Y en ninguno de estos encuentros él llama al arrepentimiento de los pecados… Pero ¿Acaso no pecaban? ¿No es importante arrepentirse? Claro que sí. Todos pecamos. Y esto es algo que en ocasiones recuerda Jesús: “Vete y no peces más”. Pero es importante percatarse de que el énfasis con los desvalidos liberados comienza por el prisma de la compasión ante su petición de ayuda, no desde la exigencia irrenunciable de un arrepentimiento previo a la liberación tal y como lo establecen algunas metodologías modernas de evangelización. ¿O acaso no hay mayor poder contra la seducción del pecado que saberse acogido y amado por Jesús?  ¿No es la vida eterna conocerle a Él?

Como observa Jennifer Bashaw, “los evangelios no están especialmente preocupados en explicar qué se logró con la muerte de Jesús. Los evangelios describen las circunstancias de su muerte […] y centran el interés en Su vida para transmitirnos en qué consiste la salvación de Dios. En cada evangelio vemos diferentes caras y énfasis de esa salvación. Por mencionar algunos, en Marcos los enfermos son sanados, los hambrientos alimentados y los atrapados por las fuerzas espirituales son liberados […] En Lucas vemos cómo Zaqueo se arrepiente de sus actos deshonestos y económicamente depredadores. Cuando él promete dar su riqueza a quienes había agraviado, Jesús anuncia: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lucas 19, 9). […] La vida eterna es una cualidad de la vida, una participación en el amor divino en el aquí y ahora. El énfasis es más experiencial que intelectual: creer en Jesús se manifiesta en el amor y en seguir a Jesús. Si no consideramos todo esto corremos el riesgo de reducir las buenas noticias a proposiciones abstractas sobre el juicio y la justificación. Los evangelios nos ofrecen narraciones ricas y profundas verdades que nos ayudan a comprender la salvación completa. Nos recuerdan que la historia de la redención es mucho más grande, mucho más compleja y más hermosa de lo que podríamos haber imaginado[7]

Todos los brillos son necesarios. Incluso  resaltar a “Jesús muriendo por nuestros pecados” es también un enfoque incompleto porque no incluye la resurrección. Y como Pablo dice, “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1ª Co. 15, 17). Es interesante que en ninguna de las cartas del Nuevo Testamento no atribuidas a Pablo (además de las pastorales) no se mencionen ni la cruz ni la crucifixión. Pero sí su resurrección. No todos los autores tienen los mismos énfasis.

La cruz como obra aislada tampoco recoge algo tan fundamental como es el envío del  Espíritu Santo en Pentecostés para convencer al mundo de pecado, justicia y guiarnos a toda verdad (Juan 16).

Conclusión:

Como resumen, dejo cuatro llamadas de atención en torno a la cruz (que podrían ser más): 1) No debemos minusvalorar las enseñanzas que de emanan de la cruz y que van más allá del concepto de sustitución penal. 2) Debemos ser cuidadosos y no aplicar al texto  una teología forzada o un concepto actual de expiación que pudieran restar o deformar aquello que se pretendió trasmitir en su origen.  3) Los mensajes detrás de las metáforas acerca de la sangre, el cordero o los sacrificios necesitan ser expuestos hoy desde códigos comprensibles para una generación totalmente ajena a aquel simbolismo. 4) Realizar un énfasis tan desmedido de la Cruz como si esta fuera “el todo” del Evangelio distorsiona la verdad completa del Jesús de los evangelios donde La Buena Noticia es Él mismo. Lo que precisamente nos muestra la crucifixión es que solo nos queda la opción de abandonar nuestras armas y rendirnos. Solo Dios salva.

[1] Traducción: Luciana Cacciola / Edición: RSV en https://laconversacionencurso.org/traducciones/brian-zahnd-2/el-dios-crucificado/

[2] Bernard Sesboüé, Jesucristo el único mediador, Secretariado Trinitario, 1990, pp. 285-286

[3] ibid pp. 315-317

[4] Juan Esteban Londoño, ¿Por qué murió Jesús?: perspectivas teológicas, Lupaprotestante.com 18/05/2017

[5] Rafael Aguirre. La mesa compartida. Sal Terrae, 1994, p. 185, 188 y 192

[6] Marcos Baker, Mucho más que una Cruz: Imágenes de la Salvación para diversos contextos, Juanuno1, 2019, p. 15

[7] Extraído y traducido de: https://peteenns.com/what-the-gospels-teach-us-about-salvation/

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